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Domingo Pérez Bermejo
ha coordinado este dossier
en el que intervienen
varias personas.
Tres patas para esta banqueta:
IGLESIA Y DEMOCRACIA.
Son muchos los pensadores que se han apresurado a señalar que la
democracia surge en ámbitos cristianos y que sus valores (libertad,
igualdad, fraternidad) son también valores evangélicos por lo que es una
forma de gobierno que hemos de propiciar los cristianos frente a otras
formas autoritarias o dictatoriales.
IGLESIA EN DEMOCRACIA.
Si así es, vivir en democracia, para la Iglesia, es vivir en un contexto
que tiene muchos puntos en común con el Evangelio que proclama, aunque
evidentemente ni se identifica totalmente con ella ni se acomoda a ella
porque es notablemente mejorable siempre (democracia participativa
frente a democracia representativa).
IGLESIA DEMOCRÁTICA.
La democracia ni se vive, ni se enseña, ni se propicia si no se
practica. Por eso se pide que las estructuras de funcionamiento y
gobierno de la Iglesia, invariables desde la Edad Media, se adecuen a
los valores, las formas y sensibilidad democráticos cada vez desde más
movimientos, redes, colectivos…
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Rufino Velasco
Con estos mimbres nos hemos ido a preguntarle a
los que saben. Y le hemos preguntado a Rufino Velasco, un gran experto
en eclesiología que ha tenido a bien coger su máquina de escribir (a él
eso de los ordenadores no le va) y mandarnos 5 folios cuidadosamente
escritos, cuidadosamente pensados, ofreciéndonos (no sed impa-cientes al
leer su argumentación que va paso a paso) conclusiones muy claras: la
iglesia es esencialmente democrática, aunque su democracia, por la
singularidad de nuestra fe, es una democracia de comunión y si decimos
en algún caso que no es democrática es porque debe ir más allá de las
democracias políticas establecidas, pues la Iglesia es democracia por
exceso. Y como teólogo, tantos años experimentado, nos ofrece una de las
claves fundamentales que propiciarían el cambio de paradigma eclesial:
la elección de obispos, la vuelta a la tradición primera, subvertida por
los intereses de reyes y emperadores. En fin, él lo explica mucho mejor.
1.- VALORES EVANGÉLICOS
Habrá que constatar, lo primero, que la «libertad, igualdad,
fraternidad» constituyen valores evangélicos, por lo que en ámbitos
cristianos deben prevalecer frente a otras formas «más autoritarias o
dictatoriales» que pueden aparecer en torno nuestro.
Por eso, «vivir en democracia» es, para la Iglesia, vivir en un contexto
que tiene «muchos puntos en común con el Evangelio, aunque nunca se
identificarán los cristianos con ella porque vivir en democracia quiere
decir vivir en un ámbito que será siempre mejorable, como lo sugieren
«democracia participativa frente a democracia representativa».
Para una Iglesia que vive «democráticamente» es completamente decisivo
superar «las formas y funcionamientos democráticos que se han perdido
desde sus orígenes. Por aquí debemos caminar para ver si la Iglesia es
una realidad democrática.
2.- ¿VERDADERA DEMOCRACIA?
¿Podemos decir que la Iglesia es, en el sentido más exacto de la
palabra, una verdadera democracia?
a) La «verdadera igualdad» de los cristianos.
Antes se consideraba a la Iglesia como una «sociedad desigual». Pero el
concilio Vaticano II nos obligó a entenderla como una «comunidad de
iguales»: «Aunque es verdad que algunos, por voluntad de Cristo, han
sido constituidos en la Iglesia como… pastores, no obstante se da una
verdadera igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción
común de todos los creyentes para la edificación del cuerpo de Cristo» (LG
32).
Se trata aquí de una igualdad tan verdadera que se funda en la realidad
sustantiva de la Iglesia, en las experiencias fundantes de la misma, y
no puede ser perturbada por ninguna otra realidad eclesial: por el hecho
de que en la Iglesia haya «pastores», por ejemplo, no debe pasar nada
con la verdadera igualdad de todos como «pueblo de Dios».
Esta igualdad acontece a un nivel de profundidad que no debe ser
alterado lo más mínimo porque surja «la jerarquía», que se alzó en la
Iglesia para constituir un «poder» dentro de ella «que a unos es dado y
a otros no», y de esta manera surgen otras instancias eclesiales que nos
diferencian a unos y a otros. Cuando se tiene de verdad ante los ojos la
«familia de hermanos» que somos como convocación de Dios en la Iglesia,
las diferencias entre hermanos pierden toda relevancia. Por eso es tan
importante el «pueblo de Dios en el Vaticano II como punto de partida
que afecta también a la propia jerarquía. La palabra «jerarquía» es
peligrosa en este sentido, tal como se ha forjado precisamente en una
eclesiología centrada en la comprensión de la Iglesia como una «sociedad
desigual».
b) Por este camino va el hecho de que podamos hacernos esta pregunta:
¿Se puede decir, en el sentido riguroso de la palabra, que es la Iglesia
una democracia?
1) Desde luego que esta palabra se presta a la ambigüedad, pero
abandonarla por eso podría ser una ambigüedad mayor, afirmando si más
que la Iglesia no es una democracia. Más ambigua es, sin duda, la
palabra «monarquía», y se ha aplicado durante mucho tiempo a la Iglesia.
Así que lo primero que hay que advertir al abordar este asunto es que la
Iglesia no es una democracia en el sentido sociopolítico de la palabra,
tal como se ha configurado en los regímenes democráticos actuales. Las
diferencias son tan notables que no se trata para nada de homologar la
Iglesia a este tipo de democracias, simplemente por acomodarse a los
tiempos que corren, aunque pueda aprender, sin duda, muchas cosas de
esos regímenes para organizarse en consonancia con exigencias muy
fundamentales del Evangelio de Jesús.
2) Yo creo que la Lumen Gentium se ha colocado en el verdadero punto de
partida para entender bien esta cuestión. El verdadero «poder» de la
Iglesia es el poder de nuestra fe: «Esta es la victoria que vence al
mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4), una vez que se ha reconocido el señorío de
Jesús sobre el mundo: «No temáis: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
Evidentemente que este poder reside en el pueblo, una vez que se ha
aceptado que la Iglesia es, ante todo, el «pueblo de Dios». Por lo
tanto, es cierto que «en la Iglesia reside el poder que viene de Dios»,
pero no es lo primario aquí ese poder que «a unos es dado y a otros no»,
sino el que proviene de la «verdadera igualdad» que nos constituye a
todos como pueblo de Dios.
3) Por decirlo muy brevemente con un solo ejemplo: en la Iglesia habrá
que relacionar constantemente lo que llamaríamos la «soberanía del
pueblo» con la «soberanía del Señor Jesús», de quien proviene toda
soberanía eclesial. El problema está en saber si hay que renunciar por
esa a hablar en ella de soberanía del pueblo.
Propiamente hablando, el único «poder» con que contamos en la Iglesia es
«la victoria de nuestra fe», y, desde la perspectiva conciliar, es
evidente que este poder reside precisamente en el pueblo: se trata
justamente del poder de nuestra fe común, del poder de esas experiencias
básicas que «nos ponen a los pies de un Crucificado», y así nos
constituyen en el nuevo pueblo de Dios.
Por tanto, hay realidades muy profundas en la Iglesia desde las que se
cumple en ella al pie de la letra la noción de democracia: poder del
pueblo, poder que reside en el pueblo. Naturalmente que aquí se trata de
un «poder» extraño y desconcertante que es el poder de nuestra fe: un
poder que no trata de imponerse a nadie, ni de dominar a nadie, menos
aún de «conquistar el poder»; que es, más bien, la debilidad de nuestra
fe, pendiente por entero de la debilidad de la cruz de Jesús. Pero
debilidad invencible, porque es paradójicamente, en su misma debilidad,
la única «victoria que vence al mundo», el único poder capaz de derrocar
todos «los poderes de este mundo».
Sería lamentable que en la Iglesia olvidáramos esta realidad
fundamental, o la pusiéramos entre paréntesis, para montar sobre ese
olvido otro tipo de «poderes» impositivos o coercitivos, mundanos por
tanto, y atentatorios necesariamente contra la debilidad de nuestra fe,
que deberá seguir siendo debilidad, supongo yo, en quienes gobiernan la
Iglesia.
4) Por eso es tan importante en esta cuestión aclarar este punto
concreto: ciertamente, en la Iglesia todo está pendiente de «la
soberanía del Señor Jesús», pero hace falta precisar bien si esta
soberanía es participada, ante todo, por quienes estamos «constituidos
en pueblo», o por quienes, dentro del pueblo, están «constituidos en
poder, según el modelo tradicional.
Parece claro que la Lumen Gentium obliga a decir que esta soberanía es
participada, primariamente, por quienes han sido constituidos en pueblo,
y que eso exige, al propio tiempo, entender del revés lo de haber sido
«constituidos en poder». Late aquí una concepción de Iglesia que
difícilmente se expresará en forma adecuada sin decir que la Iglesia es
una democracia, o más exactamente, desde la singularidad de nuestra fe,
una democracia de comunión. En este caso, aparecerá claro, a mi juicio,
que decir que la Iglesia es una democracia tienen muchas más ventajas
que inconvenientes. No sólo esto, sino que se vería con claridad a la
vez que los inconvenientes que puedan provenir de equiparar la Iglesia a
las democracias civiles se superarían mostrando que, en comparación con
ellas, la Iglesia es una democracia por exceso, que va más allá que
cualquier otra democracia nacida de la libre voluntad de los pueblos. Y
que es justamente ese «exceso» el que la hace no homologable a los
actuales regímenes democráticos, no el solapado autoritarismo en que se
está pensando cuando se dice que la Iglesia no es una democracia.
¿No está aquí presente la gran ventaja de haber puesto en la Lumen
Gentium el «pueblo de Dios» como fundamento de todo lo demás en la
Iglesia? Por dos razones concretamente:
a) Hay que terminar en la Iglesia con ese sofisma por el cual decir que
la autoridad viene de Dios quiere decir luego, en la práctica
intraeclesial, que viene de la autoridad misma; dicho más drásticamente:
que quienes presiden la Iglesia sean, de hecho, elegidos a dedo; ya
veremos enseguida que los dirigentes de la Iglesia eran elegidos por el
pueblo.
b) Pienso que en todo esto se expresa una conciencia eclesial
diametralmente opuesta a la que más tarde se hizo vigente, y lo sigue
aún en nuestros días. Y que aquí tocamos el verdadero problema para una
auténtica democratización de la Iglesia. No basta decir que la autoridad
en la Iglesia debe ejercerse con talante democrático; más importante que
eso es precisar cómo se constituye la autoridad eclesial, y entender
como un momento interno de esa constitución la intervención del pueblo
en la elección de sus dirigentes. Porque seguramente la fuente principal
del autoritarismo en la Iglesia ha sido, y sigue siendo, el simple hecho
de que quienes gobiernan sean elegidos sin contar con el pueblo
creyente.
3.- UNA LARGA TRADICIÓN
No hay que olvidar a este respecto que ha habido una larga tradición que
viene desde los orígenes, en que se ha pensado esto exactamente al
revés: que es un derecho del pueblo creyente tomar parte en la elección
de los dirigentes de la Iglesia, hasta tal punto que una elección hecha
sin intervención del pueblo se consideraba «nula e inválida». Fijémonos
en esta larga tradición:
a) Ya desde el principio
Ya desde el principio es curioso que apareciese como cosa apetecible eso
de ser obispo, de modo que ya los Apóstoles «tuvieron conocimiento de
que había contiendas sobre este nombre y dignidad del episcopado» como
se nos dice ya en la primera carta de Clemente dirigida a la Iglesia de
Corinto. Por lo cual, en un librito que se hizo famoso en el siglo II,
se dice a las comunidades cristianas: «Elegíos obispos y diáconos dignos
del Señor, mansos, sinceros y probados».
Así que. lo primero, era la elección comunitaria del obispo o el
diácono, cuando la comunidad lo necesitaba, por más que se dijera que
los obispos y presbíteros debían nombrarse «sucesores» al margen del
sentir del pueblo. De tal manera que, en el siglo III, hay ya una
«tradición apostólica» donde se dice lo siguiente: «Que se elija «a mano
alzada» (jeirotonein) como obispo a aquél que, siendo irreprochable,
haya sido elegido por todo el pueblo».
Esto es lo que podríamos llamar el «principio electivo» que empieza a
funcionar ya desde los orígenes.
b) El testimonio de Cipriano.
Cipriano es el primer testigo del principio electivo en la elección de
los obispos. No sólo por razones prácticas de convivencia, sino que hay
que ver en esta cuestión algo de «origen divino», y por eso mismo de
«tradición apostólica», en lo que llamamos «ordenación» del obispo.
Cipriano llega a decir: «Hay que cumplir y mantener diligentemente la
enseñanza divina y práctica apostólica que se observa entre nosotros y
en casi todas las provincias: que para celebrar las ordenaciones
rectamente, allí donde hay que ordenar a un obispo, junto al pueblo se
reúnan con el pueblo todos los obispos próximos de la provincia, y se
elija al obispo ante el pueblo, que conoce la vida y la conducta de cada
uno, por convivir y tratar con él». Así que habría un gesto elemental
para la «ordenación» del obispo que sería «la mano alzada», donde se
expresaba que el elemento más importante de la designación del obispo
era la elección del mismo por la comunidad que debía ser presidida. Esta
comunidad es la que «tiene el poder de elegir obispos dignos y recusar a
los indignos». Por eso dice Cipriano tajantemente: «No se imponga al
pueblo un obispo no deseado».
c) El concilio de Calcedonia.
Este concilio dice lo siguiente: «Nadie puede ser ordenado absolutamente
ni como sacerdote ni como diácono… si no se le asigna claramente una
comunidad local en la ciudad o en el campo; en este caso, el sacratísimo
concilio determina que su ordenación es nula e inválida».
d) Otro gran testigo: San León Magno.
En pleno siglo V permanece intacta la elección de los obispos por el
pueblo, sobre todo a través del propio san León Magno. Contra la
práctica de ciertos «metropolitanos», que se atreven a nombrarse sus
obispos al margen de la voluntad del pueblo, León Magno escribe a uno de
ellos: «No es lícito a ningún metropolitano ordenar obispo a alguien por
su cuenta, sin contar con el consentimiento del clero y del pueblo, sino
que debe poner al frente de la Iglesia al que haya sido elegido por toda
la ciudad». Afirma sin reparo: «No se debe ordenar obispo a nadie contra
el deseo de los cristianos, y sin haberles consultado expresamente al
respecto». Y formula algo que es de sentido común: «El que ha de
presidir a todos, que sea elegido por todos», porque «el que es conocido
y aprobado se le deseará con paz, mientras que al desconocido habrá que
imponerlo por la fuerza».
Pues bien, lo cierto es que entramos en una época de la Iglesia, al
final del primer milenio, donde este principio electivo se viene abajo
sobre todo por culpa de los reyes y de los emperadores. Esto dio lugar a
la cuestión de las «investiduras», en que se dio el giro de «la Iglesia
en poder de los laicos» a «la Iglesia en poder de los clérigos».
Gregorio VII resolvió esta cuestión haciendo pasar a la Iglesia en poder
de los clérigos, pero a nadie se le iba a pasar por la cabeza que la
elección de los obispos iba a caer en la misma jerarquía. Por ejemplo,
el concilio de Trento dice finalmente: «Si alguien dice que los obispos
nombrados por la autoridad del papa no son obispos legítimos y
verdaderos, sino que son un invento de los hombres, sea anatema».
Vicenta
Sanz
También le hemos preguntado a Vicenta Sanz, de Mujeres y
Teología, que nos ha respondido a unas pocas cuestiones que
le hemos planteado. Rápida, clara y precisa en sus respuestas, desde su
sabiduría como teóloga y como mujer tiene claro que esta Iglesia se
parece más a una monarquía absoluta que no tiene futuro y que ha de dar
pasos para preocuparse más de las bienaventuranzas, feminizarse más,
mostrar el verdadero y amoroso rostro de Dios (paterno-materno) y no el
prepotente que ahora se predica, una Iglesia comunidad de comunidades.
1.- Libertad, igualdad, fraternidad son los valores que subyacen en las
constituciones de las modernas democracias, plenamente coincidentes con
valores evangélicos muy importantes para nosotros, por lo que la
democracia es una forma de gobierno muy aceptable para un cristiano y
una forma de gobierno dictatorial inaceptable, por el contrario ¿no?
Las democracias, al menos en teoría, son las que mejor pueden
estructurar una sociedad de iguales, los principios en que se asienta
son el a b c del cristianismo.
2.- ¿En qué medida la Iglesia católica coadyuvó al nacimiento de la
democracia? ¿O fueron otras iglesias cristianas?
Opino que la Iglesia institución siempre ha ido a remolque respecto a
los dinamismos de la historia, es innegable que impulsó los partidos
demócrata- cristianos en Europa occidental, siempre manejando los hilos
del poder político también, hasta que irrumpió el proletariado «ateo» y
comunista en la escena pública, entonces volvió a posturas más
conservadoras que sigue manteniendo. (Quizá sea una explicación muy
simplista).
3.- ¿Es un prejuicio o la iglesia jerarquía, históri-camente, ha
convivido «mejor» con regímenes dictatoriales que con regímenes
democráticos? ¿Es por eso que la Iglesia jerarquía en España es tan
beligerante actualmente con el estado democrático?
Es una Iglesia asentada en una religión ontológico- cultual donde el
evangelio sale malparado, esta también es la visión de la religión que
han tenido ciertas dictaduras para utilizarla como un instrumento a su
servicio. Por eso se han apoyado mutuamente ciertas dictaduras y la ICR
a lo largo de la historia. Leído el evangelio sin prejuicios, sólo es
creible una iglesia con una actitud ético profética que valora y
promueve seres humanos que son y actúan como demócratas, por encima de
sus creencias religiosas. Una Iglesia que quiere «salvar» a toda la
sociedad desde el poder que da el control dogmático, moral y cultual, es
la que choca con algunas decisiones legislativas tomadas por el actual
gobierno socialista español, tan esperadas por colectivos
tradicionalmente marginados por la propia iglesia. Nuestros jerarcas ven
por todas partes adoctrinamiento laicista, porque ellos no saben vivir
su vocación «sagrada» sino desde el adoctrinamiento
4.- ¿Es posible una iglesia con estructuras democrá-ticas? ¿Por qué la
jerarquía es tan remisa a tratar el tema?
La jerarquización del poder en nuestra iglesia es lo más parecido a una
monarquía absoluta, es difícil que en el mundo de hoy desde ahí se pueda
ejercer el anuncio y la denuncia proféticas en una sociedad que se cree
muy demócrata pero que todavía acepta y fomenta tantas tiranías. Por
ahora esta situación es inamovible, las posturas se radicalizan cada vez
más, sólo unas bases (pueblo de Dios) maduras, comprometidas y con la
fuerza del Espíritu, podremos «minar» esta situación y llevar a la
iglesia y a la más genuina de la democracia..
5.- ¿Tiene credibilidad una iglesia no democrática que, por ejemplo, no
ha ratificado la Declaración Universal de los Derechos Humanos?
Después de lo dicho, puede entenderse por qué la Iglesia no ha
ratificado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No valora
ni acepta fácilmente todo lo positivo que surge en la sociedad civil, si
no coincide exactamente con sus planteamientos medievales, necesita
súbditos y no ciudadanos.De haberlos ratificado, tendría que haberse
planteado el acceso de la mujer a todos los ministerios, un mayor
interés por la teología de la liberación, etc.
6. ¿Crees que un concilio nuevo sería un buen instrumento para plantear
estos temas? ¿En qué condiciones debería celebrarse?
Para convocar un nuevo concilio, cuyo objetivo fuera hacer de la iglesia
una sociedad democrática, más creíble para el mundo y más evangélica,
debería realizarse un trabajo previo de reflexión, oración, debate y
discernimiento en el seno de las comunidades, con una participación
amplia de todos/as, admitiendo distintas posturas, en un clima de
respeto mutuo. Los/as representantes serían elegidos/as en dichas
comunidades y no tendrían preponderancia en las conclusiones ni la Curia
ni el Colegio Cardenalicio.
7.- ¿Cómo sería una iglesia organizada democráticamente?
La organización de una iglesia que quiere vivir la utopía de la
democracia y ser una propuesta para la sociedad, debería acercarse un
poco más a la vivencia de las bienaventuranzas, capaz de bajar de los
pedestales, más feminizada, mostrando la imagen de un Dios tan poco
prepotente que nos necesita para mostrar al mundo su rostro materno, que
siempre acoge amorosamente, que no condena, que sufre con los que
sufren, que se alegra de todos los procesos de liberación de sus
hijos/as … Es necesaria una iglesia más acogedora de la realidad de cada
cual, sin prejuicios, impulsora de su plenitud, donde se escuche más y
se sermonee menos, más fraterna y sororal, con una espiritualidad
celebrativa que se reconozca en definitiva en la mística de todos los
hombres y .mujeres que desde las más diversas religiones y creencias,
han sabido encontrarse liberadoramente con los hermanos/as y con Dios
Madre- Padre. Sería una iglesia, comunidad de comunidades, con una
estructura en red, sus líderes, elegidos con la participación de
todos/as entre los/as que mejor sirven a la comunidad, por su vida
profética y su sabiduría, algunos de sus referentes actuales podrían ser
las profetisas y los profetas silenciadas/os hoy por el Vaticano.
8.- ¿Alguna experiencia de «Otra iglesia posible» nos puedes contar?
Actualmente sí conozco pequeñas comunidades de creyentes cuyos miembros,
por encima de todo, pretenden vivir desde la autonomía de sus
conciencias como referencia última ante Dios y la sociedad.Desde ahí
much@s tratan de vivir con radicalidad su ser de hijo@s libres del Dios
de Jesús, luchando por hacer de este mundo un lugar con sociedades cada
vez más democráticas de verdad. En nuestro grupo, Mujeres y Teología,
fomentamos estas actitudes.
José María Castillo
Manuel González Santiago nos ha resumido una
charla que dio Pepe Castillo.
El tema tratado cabe perfectamente en el
nuestro.
La
organización de la estructura de la Iglesia es un tema fundamental
para entender cómo funcionan muchos asuntos que podrían ser de otra
manera.
Dedicó Castillo más de media hora para explicar este punto de su
charla, analizando las formas como esta estructura se ha ido organizando
a través de la historia. Es un tema, dijo, del que no solo podemos
hablar sino que tenemos que hablar, si de verdad queremos llegar a lo
que fundamentalmente está haciendo a la Iglesia institución se nos
presente en nuestros días sustancialmente infiel al mensaje de Jesús.
Distinguió en su exposición cinco períodos en los que esta organización
ha sido sustancialmente distinta.
RÉGIMEN DEMOCRÁTICO
En los orígenes y en los tres primeros siglos, fue una estructura de
carácter fundamentalmente democrático. Democracia no en el sentido de
hoy en el que pueblo, sujeto del poder, delega mediante unas elecciones
en unos dirigentes. El poder que tienen los Obispos viene de arriba. La
estructura era fundamentalmente democrática en la forma de ejercer el
poder. Para designarse lo primeros cristianos cambiaron el nombre
primero de Secta de los Nazarenos por el de ECLESÍA:. Una palabra
profana que significaba “ la asamblea de los ciudadanos libres que
democráticamente ejercían su cuota de responsabilidad en el gobierno de
la ciudad”. Y así funcionó. Decidían entre todos. Tenemos multitud de
ejemplos que lo demuestran. Se eligían a los Obispos “votando a mano
alzada”. La Iglesia se concebía cómo una gran comunidad formada por
pequeñas comunidades, cada una con su autonomía propia.
RÉGIMEN SINODAL.
A partir del Siglo IV. Comienza un régimen sinodal. Eran los Sínodos
locales los que decidían. En los Sínodos se discutían los problemas, se
elegían a los Obispos y, con frecuencia, se deponían si no eran
considerados verdaderos apóstoles. El Obispo de Roma tenía la misión de
unión de toda la Iglesia e intervenir en los conflictos que no se podían
resolver en los sínodos. Los Sínodos tenían poder para rechazar
cuestiones que venían del Obispo de Roma. En cuestiones más importantes
se reunían varios Sínodos.. El Concilio se le consideraba por encima de
todos los Sínodos y del Obispo de Roma
San Cipriano en uno de su Sínodos decía: “el pueblo tiene poder por
derechos divino para elegir a sus obispos, el pueblo tiene poder por
derecho divino para deponer a sus obispos si no son considerados dignos
y, en el caso concreto, el pueblo ha decidido que no vale la decisión
tomada por nuestro “colega” Esteban (Obispo de Roma) porque cree que ha
actuado mal informado”.
San Gregorio, Obispo de Roma, recibió una carta de un colega obispo en
la que le llama papa universal. Y le contesta con esto términos: «le
ruego a su dulcísima beatitud que no me vuelva a llamar papa universal,
porque eso es un título de vanidad y yo no quiero estar por encima de
los demás ni en títulos, ni en privilegios, sino que quiero estar al
servicio incondicional de todos mis hermanos obispos».
RÉGIMEN DICTATORIAL.
En Siglo XI. se produce el gran cambio, el giro decisivo. Gregorio VII
se autodefine Vicario de Cristo y en sus 27 proposiciones del «Dictatus
Papae» presenta un régimen dictatorial en el que todos los poderes y de
forma plena ( poder legislativo, judicial y punitivo) y universal (para
todos los hombres) se centran en la Iglesia en un solo hombre, el Papa.
Lo hizo con la buena voluntad de liberar a la Iglesia de la situación en
que había llegado por la que eran los señores feudales, auténticos
rufianes la gran mayoría de ellos, quienes en la práctica elegían a los
obispos.
Con Inocencio III esta organización llegó hasta el extremo de considerar
al Papa con la suprema potestad, la autoridad máxima del mundo. De forma
que se elegían y deponían emperadores, se facilitaba bulas papales que
legitimaban a los reyes europeos para la conquista y el saqueo de Africa
y América, para hacer esclavos a millones de personas, para fundar la
Inquisición etc. etc. Son impresionantes y aterradoras las bulas papales
que dieron, entre otros , Nicolás V, Alejandro VI, León X, Pablo III. En
este período se vivió en la Iglesia los acontecimientos más traumáticos
y vergonzantes de su Historia.
De entonces acá las cosas han ido cambiando en esta forma de utilizar
los papas su poder, pero sustancialmente la organización no ha variado.
La estructura eclesial sigue hoy organizada en dos grupos: el Papa,
Obispos y presbíteros, y por otro el pueblo, al que se le ha llamado
laicos.
Estos dos grupos los definió el Papa San Pío X en su encíclica
Vehementer Noster con estas palabras: “En la sola jerarquía (el clero:
Papa, Obispos y presbíteros) residen el derecho y la autoridad
necesarias para promover y dirigir a todos los miembros hacia el bien
común. En cuanto a la multitud (los laicos) no tienen otro derecho que
el de dejarse conducir dócilmente y seguir a sus pastores”.
Hoy no se dice esto de forma tan descarada, pero se sigue practicando.
La Iglesia sigue estando formada por dos grupos de personas: una
minoría, que ostentan el poder, y los otros, los mas, que si quieren
estar en la Iglesia, se tienen que someter a los que tienen el poder.
Los Consejos Pastorales, Presbiterios, Conferencias y Sínodos
Episcopales . La Conferencia Episcopal, La CONFER de los religiosos ...
todos tienen un valor meramente consultivo. La última palabra la tendrá
siempre en cada grupo el párroco, el obispo, el superior religioso, el
Papa. Y en esta pirámide la autoridad plena y universal, de la que
depende todo en la Iglesia está centrada en un solo hombre: el Papa. Y,
lo más grave de todo, es que en esta estructura el Papa actúa y ejerce
su autoridad a atreves de La Curia Romana. Este hombre y este ente
creado alrededor de él va a marcar en cada momento histórico las
creencias, el modo de relacionarse con Dios, con los demás hombres, con
la naturaleza, con el mundo, de los millones de cristianos esparcidos
por el mundo entero.
EL PODER DEL PAPA HOY
Como se ha dicho, lo más grave es que en esta estructura hoy el poder
sigue centrado de forma plena y absoluta en un solo hombre.
En el Código de Derecho Canónico vigente se afirma que el Papa tiene una
potestad
+«plena, (legislativa, judicial y punitiva) inmediata y universal» que
además
+«puede ejercer siempre libremente» ante la que
+«no cabe apelación ni recurso alguno» cuyas decisiones
+«no pueden ser juzgadas por nadie”, sin que
+«haya autoridad alguna a la que tenga que someterse, ni ante la cual
tenga que dar cuenta» y ante la que
+“si alguien recurre debe ser castigado con una censura o un entredicho
o una suspensión a divinis»...
Esta forma de organizar el poder hace que en la Iglesia
+todos sin excepción tengan que ir por donde va el Papa. Y
+nadie pueda tener en ella derechos adquiridos.
Y la cosa se complica mucho más cuando sabemos que quien de hecho, en
nombre del Papa, ejerce la suprema potestad en la Iglesia es La Curia
Romana. Un ente compuesto por cardenales, obispos, funcionarios... que
nadie conoce cual es su organigrama, cómo funciona, cómo entenderse con
ella..
Los «monitum», avisos, advertencias que diariamente emanan de ella están
a la orden del día. Ello está creando que muchos se sientan controlados
y amenazados, que haya crispación y miedo en muchos obispos, superiores
de ordenes religiosas, teólogos, profesores etc. Está siendo motivo de
mucho dolor, indefensión, mucha soledad, sufrida en silencio por amor a
la Iglesia, por no escandalizar, porque de todas formas no se va a poder
conseguir nada. Todos cuantos en los último años, incluyendo el Papa
actual, han intentado un reforma de la misma se han estrellado.
(Es estos días hemos conocido el siguiente mensaje de Redes Cristianas:
«Acabamos de ser informados, por parte del Provincial de la Congregación
de los Agustinos del cual depende el Colegio San Agustín de Madrid, que
la I Asamblea de Redes Cristianas no podrá celebrarse en dicho colegio,
por tanto tendrá lugar, con el mismo programa y en las mismas fechas en
la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de
Madrid.» Redacción de T.H.))
¿QUÉ HACER?
El Concilio Vaticano II quiso una Iglesia, comunidad de comunidades, en
la que todos son y se sienten responsables, porque pueden participar y
de hecho participan en su pequeña comunidad en lo que se piensa , se
dice y se decide. Una Iglesia que todos por igual sienten y viven como
propio, como algo que les concierne vivamente y en lo que se sienten
comprometidos. Una Iglesia en la que el clero no acapara y menos
monopoliza el poder de pensar, de decir y de decidir
En una comunidad que se llame cristiana no puede haber unos por encima
de otros, unos que mandan y otros que obedecen. Todos somos por igual
sacerdotes, profetas y reyes Tendrá que haber siempre, como en todo
grupo humano, quien oriente, guíe, coordine, presida... pero siempre
desde una actitud de servicio a la comunidad, nunca jamás, bajo ningún
concepto, como el que ordena y manda, como el amo del cortijo.
La obediencia y el consiguiente sometimiento, no ya sólo a Dios, sino
además a un ser humano al que hay que aceptar como «voz de Dios”, mande
lo que mande (con tal de que lo que mandee no sea pecado), es lo más
opuesto al sentido de la libertad y responsabilidad inalienable que hoy
tiene el común de los mortales.
En la Iglesia habrá más libertad, no en la medida en la que los que la
dirigen y gobiernan nos vayan concediendo en asuntos concretos, sino en
cuanto los cristianos seamos capaces de vivir en la libertad de los
hijos de Dios y obrar en consecuencia. No hemos entendido lo más nuclear
del Concilio cuando aceptamos sin más, que los que entienden y saben de
Dios y los que tienen capacidad de tomar decisiones en cuestiones de
Iglesia son los Obispos y los sacerdotes, y que los laicos lo que tienen
que hacer es aprender, aceptar, obedecer y cumplir.
En la Iglesia todo poder que pretenda utilizarse para cosas que vayan en
contra del Evangelio, que no sirve para asegurar el respeto a las
personas, los derechos humanos de las personas , la dignidad de
cualquier persona, no puede ser un poder que viene de Dios y no podemos
sentirnos obligados a aceptar sus exigencias.
El Concilio dijo que lo que nos unifica a todos por igual en la Iglesia
es la libertad. Pero no una libertad cualquiera sino “la libertad de los
hijos de Dios”, es decir, de la libertad “que rechaza todas las
esclavitudes y respeta santamente la dignidad de la conciencia y su
libre decisión”. Es una libertad que “se enfrenta a las incontables
esclavitudes que oprimen a las personas en la Iglesia y en el mundo
contemporáneo” “No es una libertad que se nos da, sino más bien una
libertad que conquistamos, que brota desde dentro de uno mismo, de la
propia conciencia”. No es una libertad para «hacer lo que nos dé la
gana” sino para “luchar contra todas las formas de esclavitud que
oprimen a los seres de este mundo” Libertad que brota de la “dignidad de
la conciencia y de su decisión libre” no de preceptos y obligaciones
impuestos por otras personas.
Y estamos favoreciendo el clericalismo cuando nos preocupa el denunciar
al Papa, a los obispos, al párroco. Cuando nos quejamos y les
culpabilizamos, porque creemos que son ellos quienes tienen que ir
cambiando las cosas. Con ello lo que conseguimos es hacerlos el centro,
lo más importante en la Iglesia, les damos una importancia que el
Concilio no quiso que tuvieran en el Pueblo de Dios. .
Favorecemos igualmente una Iglesia clerical cuando luchamos porque las
mujeres sean sacerdotes o los curas casados vuelvan al rol y al puesto
que dejaron, pues con ello lo que se consigue es potenciar el sistema
clerical existente. En vez de más clérigos, se necesitan hombres y
mujeres capaces de crear, presidir, animar, formar, coordinar...
pequeñas comunidades de creyentes..
El poder religioso pertenece a ese tipo de poderes, de autoridad, que
aceptamos de forma voluntaria y libre, porque es algo que le queremos
dar a personas concretas por motivaciones generalmente religiosas. El
que tiene poder religioso lo tiene para las personas que por
motivaciones religiosas o por otras motivaciones le dan ese poder. Y no
tiene poder ni autoridad para el que no es religioso o tiene otras
motivaciones personales que le quitan ese poder. Por ello a todo lo que
nos llegue desde el poder hay que ponerle interrogantes, porque es muy
posible que los intereses del poder estén deformando el mensaje
El cristiano tiene en este tema un principio incuestionable: ninguna
autoridad tiene poder ni autoridad para mandar cosa alguna, que esté en
contra del mensaje de Jesús. Nadie tiene en la Iglesia poder ni
autoridad para mandar o disponer nada que esté en contra del Evangelio.
Consecuentemente cuando estoy obedeciendo, aceptando, siguiendo lo que
en un momento determinado me dice una autoridad religiosa que creo que
está en contra del Evangelio le estoy concediendo un poder que no tiene.
Cuando estoy colaborando en movidas de Iglesia que están en contra de lo
que nuclear e indiscutible en el Evangelio soy tan culpable como ellos
en que esa situación se mantenga.
Cuando los grandes ideales, las grandes palabras, los grandes relatos y
las utopías se hunden, arrasados por el huracán de la globalización y
por la postmodernidad, se hace más apremiante que nunca la presencia, en
la sociedad y en la Iglesia, de personas que digan algo distinto,
radicalmente distinto, de las consignas que nos dicta a todas horas el
«pensamiento único», esa forma de ver la vida que lo ha reducido todo a
mercancía, bienestar y satisfacción plena, sin otro horizonte que la
garantía de estar siempre como estamos. o mejor de lo que estamos, con
tal de no salirse de lo establecido, resignadamente acomodados al
sistema que se nos ha impuesto. Desde este punto de vista, la vida
religiosa, con los tres votos de castidad, pobreza y obediencia y o sin
ellos, tendrían que constituirse por grupos de personas libres, con la
libertad de los hijos de Dios, que se quieren y quieren de verdad, y que
hacen de su vida un grito de protesta
--en la Iglesia y en la sociedad--, contra las incontables formas de
agresión contra la vida y la esperanza que se cometen a diario por todas
partes.
San José Obrero
Puerto de Santa María
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Por último, nos dirigimos a una
comunidad
parroquial muy peculiar de El Puerto de Santa María (Cádiz), la
que conforma la parroquia de San José Obrero. Está la última
puesta, aunque fueron los primeros en responder (una semana
escasa después de pedírselo, tan claro lo tienen) porque son una
concreción maravillosa de las tres reflexiones que le preceden,
habiendo hecho carne, organización y vida de fe las enseñanzas
del evangelio y las del concilio Vaticano II. Una experiencia
ilusionante para todos nosotros porque en ellos es verdad eso de
«la doble fidelidad al pueblo y al evangelio». |
Nos preguntan sobre nuestra experiencia de cómo entendemos la
democracia en nuestra comunidad parroquial de San José Obrero en El
Puerto de Santa María. Y vamos a empezar reflexionando sobre una
cuestión previa que creemos condiciona la forma de interpretar la
realidad social y, por ende, la participación democrática en las
instituciones.
«DE LO PROFANO Y LO SAGRADO»
A lo largo de todos estos años de vivir la fe en comunidad y de ir
descubriendo a un Dios cercano a nuestra realidad, hemos experimentado a
un Dios padre-madre que se le cae la baba con las cosas de este mundo, a
un Dios que «se muere» por lo humano, y a un Dios cuyo Espíritu también
vive y aletea fuera del templo (ese es el significado de profano).
Jesús vivo nos abre los ojos y nos dice que todo lo humano es de Dios,
que Él vino a rasgar el velo del templo que separaba lo sagrado de lo
profano. Desde entonces ya nada es ajeno a Dios y todo lo humano es
sagrado.
El seguimiento de Jesús, el intentar vivir su estilo de vida, el
experimentar la cercanía del Padre-Madre, nos lleva a valorar todo
esfuerzo social en pos de la fraternidad y de la justicia, en
definitiva, a reconocer en la sociedad gestos positivos que hagan
avanzar el Reinado de Dios en el mundo y la historia.
En los últimos siglos se han dado avances sociales, impulsados por el
espíritu de libertad, igualdad y fraternidad. Entre ellos la democracia
en lo político; teorías y experimentos socialistas en busca de una
igualdad económica; y la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
una ética de mínimos para cualquier Estado en el trato con sus
ciudadanos. Todo ello ha supuesto pasos escatológicos hacia la llegada
del Reino (Javier Vitoria).
EXPERIENCIA DE DEMOCRACIA
EN NUESTRA COMUNIDAD.
El nacimiento de nuestra Comunidad coincide con los aires nuevos que nos
trajo el Vaticano II, y con la lucha por la democracia en los finales de
la dictadura. Dos hechos que marcaron mucho nuestra identidad
comunitaria. Se empezaron a dar pasos en la participación de l@s laic@s
y la estructura comunitaria comenzó a pasar de
- De una estructura piramidal…
«Pues esta sociedad [la Iglesia] es por su propia fuerza y naturaleza
desigual. Se compone, por tanto, de un orden doble de personas, pastores
y grey, es decir, los que están colocados en los distintos grados de la
jerarquía y la multitud de los fieles. (Pío IX, Vehementer Nos).
- …A una comunidad horizontal.
El concilio Vaticano II al designar a la iglesia como Pueblo de Dios
revaloriza la comunidad y el pueblo como elemento característico de la
iglesia. La iglesia es un pueblo y todos somos miembros de él, todos
somos en este sentido, laicos; es decir, pertenecemos al pueblo, que es
la Iglesia, no hay cristiano eclesial (Lumen Gentium 9). También se
resalta que la igualdad existencial y antropológica es anterior a la
diversidad de funciones, carismas y estructuras o ministerios (L.G. 9).
Tuvimos la suerte de contar con un equipo pastoral de cuatro
presbíteros, con los que fuimos descubriendo que tod@s somos importantes
para la vida de la Comunidad y que el presbítero es un miembro más.
Desde un primer momento, se dio importancia a dos aspectos que pueden ir
llevando a cualquier sociedad a la democracia participativa: la
delegación de tareas (según se van incorporando personas del barrio a la
comunidad se van creando grupos de trabajo con los servicios para la
vida comunitaria) y la financiación -«el que paga es el que manda»- de
los servicios (no se cobra por ningún sacramento ni documento) y de la
construcción de los dos templos de la parroquia.
Antes de que lo recogiera el Derecho Canónico de 1983, creamos la
Coordinadora (así llamamos al Consejo Pastoral) como grupo dinamizador
de la vida comunitaria, en el que se toman las decisiones por consenso.
El límite democrático lo pone el derecho canónico, que limita sólo a la
petición de consulta y no a la toma de decisiones, las funciones del
Consejo Pastoral.
«Éstos [los consejos pastorales], como es sabido, no se inspiran en los
criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera
consultiva y no deliberativa, sin embargo, no pierden por ello su
significado e importancia». (Juan Pablo II, Novo millenio ineunte 45).
Es decir, que decidamos lo que decidamos, la responsabilidad jurídica y
eclesiástica sólo corresponde al presbítero. Por lo tanto, habría que
reconocer a la comunidad como una entidad reconocida eclesialmente y con
pleno derecho a decidir sobre su futuro, derecho que actualmente sólo
corresponde al párroco.
Hasta la fecha sólo se ha producido un cambio de obispo en nuestra
diócesis, ya que ésta es de reciente creación, y en su momento, ya
reclamamos para todos los miembros de la diócesis el derecho a elegir al
nuevo obispo.
En nuestra comunidad a la mujer se le da el sitio que le corresponde,
accediendo a todos los cargos y servicios y participando de todas las
decisiones, como integrante de pleno derecho de la comunidad que es. No
existe ningún motivo teológico para que la Iglesia trate a la mujer como
miembro de segunda categoría.
Creemos que hay que caminar hacia un nuevo modelo de presencia pública
de la Iglesia en España, de la jerarquía sobre todo. Ya que a lo largo
de la historia ha demostrado que sabe vivir en la persecución y también
en el nacional-catolicismo pero aún no ha dado muestras de saber hacerlo
en pluralidad y democracia. Como anécdota: contamos en nuestra comunidad
con un concejal, una concejala y un parlamentario andaluz.
Tenemos experiencia de que la Iglesia es misterio y sacramento y la vida
comunitaria no se limita al mero ejercicio de la democracia. En nuestra
asamblea de este año decimos que «La comunión es la esencia de la
comunidad», pero ello no nos exime de aportar el soporte humano sobre el
que más tarde flotará la experiencia creyente en el Dios de la Vida.
Por ello, habrá que ir avanzando:
+en las relaciones interpersonales, en misericordia enraízada en la
ternura humana.
+en las estructuras comunitarias, en comunión vivida, entre otros
aspectos, con el ejercicio de la democracia en la toma de decisiones.
+en las relaciones con otras comunidades y con el resto de la Iglesia,
en unidad dentro del respeto a la pluralidad.
«Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel
sopla el Espíritu de Dios». San Paulino de Nola
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