Domingo Pérez Bermejo
ha coordinado este dossier
en el que intervienen
varias personas.

 



Tres patas para esta banqueta:

IGLESIA Y DEMOCRACIA.

Son muchos los pensadores que se han apresurado a señalar que la democracia surge en ámbitos cristianos y que sus valores (libertad, igualdad, fraternidad) son también valores evangélicos por lo que es una forma de gobierno que hemos de propiciar los cristianos frente a otras formas autoritarias o dictatoriales.

IGLESIA EN DEMOCRACIA.

Si así es, vivir en democracia, para la Iglesia, es vivir en un contexto que tiene muchos puntos en común con el Evangelio que proclama, aunque evidentemente ni se identifica totalmente con ella ni se acomoda a ella porque es notablemente mejorable siempre (democracia participativa frente a democracia representativa).

IGLESIA DEMOCRÁTICA.

La democracia ni se vive, ni se enseña, ni se propicia si no se practica. Por eso se pide que las estructuras de funcionamiento y gobierno de la Iglesia, invariables desde la Edad Media, se adecuen a los valores, las formas y sensibilidad democráticos cada vez desde más movimientos, redes, colectivos…

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Rufino Velasco


Con estos mimbres nos hemos ido a preguntarle a los que saben. Y le hemos preguntado a Rufino Velasco, un gran experto en eclesiología que ha tenido a bien coger su máquina de escribir (a él eso de los ordenadores no le va) y mandarnos 5 folios cuidadosamente escritos, cuidadosamente pensados, ofreciéndonos (no sed impa-cientes al leer su argumentación que va paso a paso) conclusiones muy claras: la iglesia es esencialmente democrática, aunque su democracia, por la singularidad de nuestra fe, es una democracia de comunión y si decimos en algún caso que no es democrática es porque debe ir más allá de las democracias políticas establecidas, pues la Iglesia es democracia por exceso. Y como teólogo, tantos años experimentado, nos ofrece una de las claves fundamentales que propiciarían el cambio de paradigma eclesial: la elección de obispos, la vuelta a la tradición primera, subvertida por los intereses de reyes y emperadores. En fin, él lo explica mucho mejor.
1.- VALORES EVANGÉLICOS

Habrá que constatar, lo primero, que la «libertad, igualdad, fraternidad» constituyen valores evangélicos, por lo que en ámbitos cristianos deben prevalecer frente a otras formas «más autoritarias o dictatoriales» que pueden aparecer en torno nuestro.
Por eso, «vivir en democracia» es, para la Iglesia, vivir en un contexto que tiene «muchos puntos en común con el Evangelio, aunque nunca se identificarán los cristianos con ella porque vivir en democracia quiere decir vivir en un ámbito que será siempre mejorable, como lo sugieren «democracia participativa frente a democracia representativa».
Para una Iglesia que vive «democráticamente» es completamente decisivo superar «las formas y funcionamientos democráticos que se han perdido desde sus orígenes. Por aquí debemos caminar para ver si la Iglesia es una realidad democrática.

2.- ¿VERDADERA DEMOCRACIA?

¿Podemos decir que la Iglesia es, en el sentido más exacto de la palabra, una verdadera democracia?
a) La «verdadera igualdad» de los cristianos.
Antes se consideraba a la Iglesia como una «sociedad desigual». Pero el concilio Vaticano II nos obligó a entenderla como una «comunidad de iguales»: «Aunque es verdad que algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos en la Iglesia como… pastores, no obstante se da una verdadera igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común de todos los creyentes para la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).
Se trata aquí de una igualdad tan verdadera que se funda en la realidad sustantiva de la Iglesia, en las experiencias fundantes de la misma, y no puede ser perturbada por ninguna otra realidad eclesial: por el hecho de que en la Iglesia haya «pastores», por ejemplo, no debe pasar nada con la verdadera igualdad de todos como «pueblo de Dios».
Esta igualdad acontece a un nivel de profundidad que no debe ser alterado lo más mínimo porque surja «la jerarquía», que se alzó en la Iglesia para constituir un «poder» dentro de ella «que a unos es dado y a otros no», y de esta manera surgen otras instancias eclesiales que nos diferencian a unos y a otros. Cuando se tiene de verdad ante los ojos la «familia de hermanos» que somos como convocación de Dios en la Iglesia, las diferencias entre hermanos pierden toda relevancia. Por eso es tan importante el «pueblo de Dios en el Vaticano II como punto de partida que afecta también a la propia jerarquía. La palabra «jerarquía» es peligrosa en este sentido, tal como se ha forjado precisamente en una eclesiología centrada en la comprensión de la Iglesia como una «sociedad desigual».

b) Por este camino va el hecho de que podamos hacernos esta pregunta: ¿Se puede decir, en el sentido riguroso de la palabra, que es la Iglesia una democracia?
1) Desde luego que esta palabra se presta a la ambigüedad, pero abandonarla por eso podría ser una ambigüedad mayor, afirmando si más que la Iglesia no es una democracia. Más ambigua es, sin duda, la palabra «monarquía», y se ha aplicado durante mucho tiempo a la Iglesia.
Así que lo primero que hay que advertir al abordar este asunto es que la Iglesia no es una democracia en el sentido sociopolítico de la palabra, tal como se ha configurado en los regímenes democráticos actuales. Las diferencias son tan notables que no se trata para nada de homologar la Iglesia a este tipo de democracias, simplemente por acomodarse a los tiempos que corren, aunque pueda aprender, sin duda, muchas cosas de esos regímenes para organizarse en consonancia con exigencias muy fundamentales del Evangelio de Jesús.
2) Yo creo que la Lumen Gentium se ha colocado en el verdadero punto de partida para entender bien esta cuestión. El verdadero «poder» de la Iglesia es el poder de nuestra fe: «Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4), una vez que se ha reconocido el señorío de Jesús sobre el mundo: «No temáis: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Evidentemente que este poder reside en el pueblo, una vez que se ha aceptado que la Iglesia es, ante todo, el «pueblo de Dios». Por lo tanto, es cierto que «en la Iglesia reside el poder que viene de Dios», pero no es lo primario aquí ese poder que «a unos es dado y a otros no», sino el que proviene de la «verdadera igualdad» que nos constituye a todos como pueblo de Dios.
3) Por decirlo muy brevemente con un solo ejemplo: en la Iglesia habrá que relacionar constantemente lo que llamaríamos la «soberanía del pueblo» con la «soberanía del Señor Jesús», de quien proviene toda soberanía eclesial. El problema está en saber si hay que renunciar por esa a hablar en ella de soberanía del pueblo.
Propiamente hablando, el único «poder» con que contamos en la Iglesia es «la victoria de nuestra fe», y, desde la perspectiva conciliar, es evidente que este poder reside precisamente en el pueblo: se trata justamente del poder de nuestra fe común, del poder de esas experiencias básicas que «nos ponen a los pies de un Crucificado», y así nos constituyen en el nuevo pueblo de Dios.
Por tanto, hay realidades muy profundas en la Iglesia desde las que se cumple en ella al pie de la letra la noción de democracia: poder del pueblo, poder que reside en el pueblo. Naturalmente que aquí se trata de un «poder» extraño y desconcertante que es el poder de nuestra fe: un poder que no trata de imponerse a nadie, ni de dominar a nadie, menos aún de «conquistar el poder»; que es, más bien, la debilidad de nuestra fe, pendiente por entero de la debilidad de la cruz de Jesús. Pero debilidad invencible, porque es paradójicamente, en su misma debilidad, la única «victoria que vence al mundo», el único poder capaz de derrocar todos «los poderes de este mundo».
Sería lamentable que en la Iglesia olvidáramos esta realidad fundamental, o la pusiéramos entre paréntesis, para montar sobre ese olvido otro tipo de «poderes» impositivos o coercitivos, mundanos por tanto, y atentatorios necesariamente contra la debilidad de nuestra fe, que deberá seguir siendo debilidad, supongo yo, en quienes gobiernan la Iglesia.
4) Por eso es tan importante en esta cuestión aclarar este punto concreto: ciertamente, en la Iglesia todo está pendiente de «la soberanía del Señor Jesús», pero hace falta precisar bien si esta soberanía es participada, ante todo, por quienes estamos «constituidos en pueblo», o por quienes, dentro del pueblo, están «constituidos en poder, según el modelo tradicional.
Parece claro que la Lumen Gentium obliga a decir que esta soberanía es participada, primariamente, por quienes han sido constituidos en pueblo, y que eso exige, al propio tiempo, entender del revés lo de haber sido «constituidos en poder». Late aquí una concepción de Iglesia que difícilmente se expresará en forma adecuada sin decir que la Iglesia es una democracia, o más exactamente, desde la singularidad de nuestra fe, una democracia de comunión. En este caso, aparecerá claro, a mi juicio, que decir que la Iglesia es una democracia tienen muchas más ventajas que inconvenientes. No sólo esto, sino que se vería con claridad a la vez que los inconvenientes que puedan provenir de equiparar la Iglesia a las democracias civiles se superarían mostrando que, en comparación con ellas, la Iglesia es una democracia por exceso, que va más allá que cualquier otra democracia nacida de la libre voluntad de los pueblos. Y que es justamente ese «exceso» el que la hace no homologable a los actuales regímenes democráticos, no el solapado autoritarismo en que se está pensando cuando se dice que la Iglesia no es una democracia.
¿No está aquí presente la gran ventaja de haber puesto en la Lumen Gentium el «pueblo de Dios» como fundamento de todo lo demás en la Iglesia? Por dos razones concretamente:
a) Hay que terminar en la Iglesia con ese sofisma por el cual decir que la autoridad viene de Dios quiere decir luego, en la práctica intraeclesial, que viene de la autoridad misma; dicho más drásticamente: que quienes presiden la Iglesia sean, de hecho, elegidos a dedo; ya veremos enseguida que los dirigentes de la Iglesia eran elegidos por el pueblo.
b) Pienso que en todo esto se expresa una conciencia eclesial diametralmente opuesta a la que más tarde se hizo vigente, y lo sigue aún en nuestros días. Y que aquí tocamos el verdadero problema para una auténtica democratización de la Iglesia. No basta decir que la autoridad en la Iglesia debe ejercerse con talante democrático; más importante que eso es precisar cómo se constituye la autoridad eclesial, y entender como un momento interno de esa constitución la intervención del pueblo en la elección de sus dirigentes. Porque seguramente la fuente principal del autoritarismo en la Iglesia ha sido, y sigue siendo, el simple hecho de que quienes gobiernan sean elegidos sin contar con el pueblo creyente.

3.- UNA LARGA TRADICIÓN

No hay que olvidar a este respecto que ha habido una larga tradición que viene desde los orígenes, en que se ha pensado esto exactamente al revés: que es un derecho del pueblo creyente tomar parte en la elección de los dirigentes de la Iglesia, hasta tal punto que una elección hecha sin intervención del pueblo se consideraba «nula e inválida». Fijémonos en esta larga tradición:

a) Ya desde el principio
Ya desde el principio es curioso que apareciese como cosa apetecible eso de ser obispo, de modo que ya los Apóstoles «tuvieron conocimiento de que había contiendas sobre este nombre y dignidad del episcopado» como se nos dice ya en la primera carta de Clemente dirigida a la Iglesia de Corinto. Por lo cual, en un librito que se hizo famoso en el siglo II, se dice a las comunidades cristianas: «Elegíos obispos y diáconos dignos del Señor, mansos, sinceros y probados».
Así que. lo primero, era la elección comunitaria del obispo o el diácono, cuando la comunidad lo necesitaba, por más que se dijera que los obispos y presbíteros debían nombrarse «sucesores» al margen del sentir del pueblo. De tal manera que, en el siglo III, hay ya una «tradición apostólica» donde se dice lo siguiente: «Que se elija «a mano alzada» (jeirotonein) como obispo a aquél que, siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo».
Esto es lo que podríamos llamar el «principio electivo» que empieza a funcionar ya desde los orígenes.
b) El testimonio de Cipriano.
Cipriano es el primer testigo del principio electivo en la elección de los obispos. No sólo por razones prácticas de convivencia, sino que hay que ver en esta cuestión algo de «origen divino», y por eso mismo de «tradición apostólica», en lo que llamamos «ordenación» del obispo.
Cipriano llega a decir: «Hay que cumplir y mantener diligentemente la enseñanza divina y práctica apostólica que se observa entre nosotros y en casi todas las provincias: que para celebrar las ordenaciones rectamente, allí donde hay que ordenar a un obispo, junto al pueblo se reúnan con el pueblo todos los obispos próximos de la provincia, y se elija al obispo ante el pueblo, que conoce la vida y la conducta de cada uno, por convivir y tratar con él». Así que habría un gesto elemental para la «ordenación» del obispo que sería «la mano alzada», donde se expresaba que el elemento más importante de la designación del obispo era la elección del mismo por la comunidad que debía ser presidida. Esta comunidad es la que «tiene el poder de elegir obispos dignos y recusar a los indignos». Por eso dice Cipriano tajantemente: «No se imponga al pueblo un obispo no deseado».
c) El concilio de Calcedonia.
Este concilio dice lo siguiente: «Nadie puede ser ordenado absolutamente ni como sacerdote ni como diácono… si no se le asigna claramente una comunidad local en la ciudad o en el campo; en este caso, el sacratísimo concilio determina que su ordenación es nula e inválida».
d) Otro gran testigo: San León Magno.
En pleno siglo V permanece intacta la elección de los obispos por el pueblo, sobre todo a través del propio san León Magno. Contra la práctica de ciertos «metropolitanos», que se atreven a nombrarse sus obispos al margen de la voluntad del pueblo, León Magno escribe a uno de ellos: «No es lícito a ningún metropolitano ordenar obispo a alguien por su cuenta, sin contar con el consentimiento del clero y del pueblo, sino que debe poner al frente de la Iglesia al que haya sido elegido por toda la ciudad». Afirma sin reparo: «No se debe ordenar obispo a nadie contra el deseo de los cristianos, y sin haberles consultado expresamente al respecto». Y formula algo que es de sentido común: «El que ha de presidir a todos, que sea elegido por todos», porque «el que es conocido y aprobado se le deseará con paz, mientras que al desconocido habrá que imponerlo por la fuerza».
Pues bien, lo cierto es que entramos en una época de la Iglesia, al final del primer milenio, donde este principio electivo se viene abajo sobre todo por culpa de los reyes y de los emperadores. Esto dio lugar a la cuestión de las «investiduras», en que se dio el giro de «la Iglesia en poder de los laicos» a «la Iglesia en poder de los clérigos». Gregorio VII resolvió esta cuestión haciendo pasar a la Iglesia en poder de los clérigos, pero a nadie se le iba a pasar por la cabeza que la elección de los obispos iba a caer en la misma jerarquía. Por ejemplo, el concilio de Trento dice finalmente: «Si alguien dice que los obispos nombrados por la autoridad del papa no son obispos legítimos y verdaderos, sino que son un invento de los hombres, sea anatema».



 Vicenta Sanz

 


También le hemos preguntado a Vicenta Sanz, de Mujeres y
Teología, que nos ha respondido a unas pocas cuestiones que
le hemos planteado. Rápida, clara y precisa en sus respuestas, desde su sabiduría como teóloga y como mujer tiene claro que esta Iglesia se parece más a una monarquía absoluta que no tiene futuro y que ha de dar pasos para preocuparse más de las bienaventuranzas, feminizarse más, mostrar el verdadero y amoroso rostro de Dios (paterno-materno) y no el prepotente que ahora se predica, una Iglesia comunidad de comunidades.

1.- Libertad, igualdad, fraternidad son los valores que subyacen en las constituciones de las modernas democracias, plenamente coincidentes con valores evangélicos muy importantes para nosotros, por lo que la democracia es una forma de gobierno muy aceptable para un cristiano y una forma de gobierno dictatorial inaceptable, por el contrario ¿no?

Las democracias, al menos en teoría, son las que mejor pueden estructurar una sociedad de iguales, los principios en que se asienta son el a b c del cristianismo.

2.- ¿En qué medida la Iglesia católica coadyuvó al nacimiento de la democracia? ¿O fueron otras iglesias cristianas?

Opino que la Iglesia institución siempre ha ido a remolque respecto a los dinamismos de la historia, es innegable que impulsó los partidos demócrata- cristianos en Europa occidental, siempre manejando los hilos del poder político también, hasta que irrumpió el proletariado «ateo» y comunista en la escena pública, entonces volvió a posturas más conservadoras que sigue manteniendo. (Quizá sea una explicación muy simplista).


3.- ¿Es un prejuicio o la iglesia jerarquía, históri-camente, ha convivido «mejor» con regímenes dictatoriales que con regímenes democráticos? ¿Es por eso que la Iglesia jerarquía en España es tan beligerante actualmente con el estado democrático?

Es una Iglesia asentada en una religión ontológico- cultual donde el evangelio sale malparado, esta también es la visión de la religión que han tenido ciertas dictaduras para utilizarla como un instrumento a su servicio. Por eso se han apoyado mutuamente ciertas dictaduras y la ICR a lo largo de la historia. Leído el evangelio sin prejuicios, sólo es creible una iglesia con una actitud ético profética que valora y promueve seres humanos que son y actúan como demócratas, por encima de sus creencias religiosas. Una Iglesia que quiere «salvar» a toda la sociedad desde el poder que da el control dogmático, moral y cultual, es la que choca con algunas decisiones legislativas tomadas por el actual gobierno socialista español, tan esperadas por colectivos tradicionalmente marginados por la propia iglesia. Nuestros jerarcas ven por todas partes adoctrinamiento laicista, porque ellos no saben vivir su vocación «sagrada» sino desde el adoctrinamiento

4.- ¿Es posible una iglesia con estructuras democrá-ticas? ¿Por qué la jerarquía es tan remisa a tratar el tema?

La jerarquización del poder en nuestra iglesia es lo más parecido a una monarquía absoluta, es difícil que en el mundo de hoy desde ahí se pueda ejercer el anuncio y la denuncia proféticas en una sociedad que se cree muy demócrata pero que todavía acepta y fomenta tantas tiranías. Por ahora esta situación es inamovible, las posturas se radicalizan cada vez más, sólo unas bases (pueblo de Dios) maduras, comprometidas y con la fuerza del Espíritu, podremos «minar» esta situación y llevar a la iglesia y a la más genuina de la democracia..

5.- ¿Tiene credibilidad una iglesia no democrática que, por ejemplo, no ha ratificado la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

Después de lo dicho, puede entenderse por qué la Iglesia no ha ratificado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No valora ni acepta fácilmente todo lo positivo que surge en la sociedad civil, si no coincide exactamente con sus planteamientos medievales, necesita súbditos y no ciudadanos.De haberlos ratificado, tendría que haberse planteado el acceso de la mujer a todos los ministerios, un mayor interés por la teología de la liberación, etc.

6. ¿Crees que un concilio nuevo sería un buen instrumento para plantear estos temas? ¿En qué condiciones debería celebrarse?

Para convocar un nuevo concilio, cuyo objetivo fuera hacer de la iglesia una sociedad democrática, más creíble para el mundo y más evangélica, debería realizarse un trabajo previo de reflexión, oración, debate y discernimiento en el seno de las comunidades, con una participación amplia de todos/as, admitiendo distintas posturas, en un clima de respeto mutuo. Los/as representantes serían elegidos/as en dichas comunidades y no tendrían preponderancia en las conclusiones ni la Curia ni el Colegio Cardenalicio.

7.- ¿Cómo sería una iglesia organizada democráticamente?

La organización de una iglesia que quiere vivir la utopía de la democracia y ser una propuesta para la sociedad, debería acercarse un poco más a la vivencia de las bienaventuranzas, capaz de bajar de los pedestales, más feminizada, mostrando la imagen de un Dios tan poco prepotente que nos necesita para mostrar al mundo su rostro materno, que siempre acoge amorosamente, que no condena, que sufre con los que sufren, que se alegra de todos los procesos de liberación de sus hijos/as … Es necesaria una iglesia más acogedora de la realidad de cada cual, sin prejuicios, impulsora de su plenitud, donde se escuche más y se sermonee menos, más fraterna y sororal, con una espiritualidad celebrativa que se reconozca en definitiva en la mística de todos los hombres y .mujeres que desde las más diversas religiones y creencias, han sabido encontrarse liberadoramente con los hermanos/as y con Dios Madre- Padre. Sería una iglesia, comunidad de comunidades, con una estructura en red, sus líderes, elegidos con la participación de todos/as entre los/as que mejor sirven a la comunidad, por su vida profética y su sabiduría, algunos de sus referentes actuales podrían ser las profetisas y los profetas silenciadas/os hoy por el Vaticano.

8.- ¿Alguna experiencia de «Otra iglesia posible» nos puedes contar?

Actualmente sí conozco pequeñas comunidades de creyentes cuyos miembros, por encima de todo, pretenden vivir desde la autonomía de sus conciencias como referencia última ante Dios y la sociedad.Desde ahí much@s tratan de vivir con radicalidad su ser de hijo@s libres del Dios de Jesús, luchando por hacer de este mundo un lugar con sociedades cada vez más democráticas de verdad. En nuestro grupo, Mujeres y Teología, fomentamos estas actitudes.

 

  José María Castillo

 

Manuel González Santiago nos ha resumido una charla que dio Pepe Castillo.

El tema tratado cabe perfectamente en el nuestro.

La organización de la estructura de la Iglesia es un tema fundamental

para entender cómo funcionan muchos asuntos que podrían ser de otra manera.

 

Dedicó Castillo más de media hora para explicar este punto de su charla, analizando las formas como esta estructura se ha ido organizando a través de la historia. Es un tema, dijo, del que no solo podemos hablar sino que tenemos que hablar, si de verdad queremos llegar a lo que fundamentalmente está haciendo a la Iglesia institución se nos presente en nuestros días sustancialmente infiel al mensaje de Jesús. Distinguió en su exposición cinco períodos en los que esta organización ha sido sustancialmente distinta.

RÉGIMEN DEMOCRÁTICO

En los orígenes y en los tres primeros siglos, fue una estructura de carácter fundamentalmente democrático. Democracia no en el sentido de hoy en el que pueblo, sujeto del poder, delega mediante unas elecciones en unos dirigentes. El poder que tienen los Obispos viene de arriba. La estructura era fundamentalmente democrática en la forma de ejercer el poder. Para designarse lo primeros cristianos cambiaron el nombre primero de Secta de los Nazarenos por el de ECLESÍA:. Una palabra profana que significaba “ la asamblea de los ciudadanos libres que democráticamente ejercían su cuota de responsabilidad en el gobierno de la ciudad”. Y así funcionó. Decidían entre todos. Tenemos multitud de ejemplos que lo demuestran. Se eligían a los Obispos “votando a mano alzada”. La Iglesia se concebía cómo una gran comunidad formada por pequeñas comunidades, cada una con su autonomía propia.

RÉGIMEN SINODAL.

A partir del Siglo IV. Comienza un régimen sinodal. Eran los Sínodos locales los que decidían. En los Sínodos se discutían los problemas, se elegían a los Obispos y, con frecuencia, se deponían si no eran considerados verdaderos apóstoles. El Obispo de Roma tenía la misión de unión de toda la Iglesia e intervenir en los conflictos que no se podían resolver en los sínodos. Los Sínodos tenían poder para rechazar cuestiones que venían del Obispo de Roma. En cuestiones más importantes se reunían varios Sínodos.. El Concilio se le consideraba por encima de todos los Sínodos y del Obispo de Roma
San Cipriano en uno de su Sínodos decía: “el pueblo tiene poder por derechos divino para elegir a sus obispos, el pueblo tiene poder por derecho divino para deponer a sus obispos si no son considerados dignos y, en el caso concreto, el pueblo ha decidido que no vale la decisión tomada por nuestro “colega” Esteban (Obispo de Roma) porque cree que ha actuado mal informado”.
San Gregorio, Obispo de Roma, recibió una carta de un colega obispo en la que le llama papa universal. Y le contesta con esto términos: «le ruego a su dulcísima beatitud que no me vuelva a llamar papa universal, porque eso es un título de vanidad y yo no quiero estar por encima de los demás ni en títulos, ni en privilegios, sino que quiero estar al servicio incondicional de todos mis hermanos obispos».

RÉGIMEN DICTATORIAL.

En Siglo XI. se produce el gran cambio, el giro decisivo. Gregorio VII se autodefine Vicario de Cristo y en sus 27 proposiciones del «Dictatus Papae» presenta un régimen dictatorial en el que todos los poderes y de forma plena ( poder legislativo, judicial y punitivo) y universal (para todos los hombres) se centran en la Iglesia en un solo hombre, el Papa. Lo hizo con la buena voluntad de liberar a la Iglesia de la situación en que había llegado por la que eran los señores feudales, auténticos rufianes la gran mayoría de ellos, quienes en la práctica elegían a los obispos.
Con Inocencio III esta organización llegó hasta el extremo de considerar al Papa con la suprema potestad, la autoridad máxima del mundo. De forma que se elegían y deponían emperadores, se facilitaba bulas papales que legitimaban a los reyes europeos para la conquista y el saqueo de Africa y América, para hacer esclavos a millones de personas, para fundar la Inquisición etc. etc. Son impresionantes y aterradoras las bulas papales que dieron, entre otros , Nicolás V, Alejandro VI, León X, Pablo III. En este período se vivió en la Iglesia los acontecimientos más traumáticos y vergonzantes de su Historia.
De entonces acá las cosas han ido cambiando en esta forma de utilizar los papas su poder, pero sustancialmente la organización no ha variado. La estructura eclesial sigue hoy organizada en dos grupos: el Papa, Obispos y presbíteros, y por otro el pueblo, al que se le ha llamado laicos.
Estos dos grupos los definió el Papa San Pío X en su encíclica Vehementer Noster con estas palabras: “En la sola jerarquía (el clero: Papa, Obispos y presbíteros) residen el derecho y la autoridad necesarias para promover y dirigir a todos los miembros hacia el bien común. En cuanto a la multitud (los laicos) no tienen otro derecho que el de dejarse conducir dócilmente y seguir a sus pastores”.
Hoy no se dice esto de forma tan descarada, pero se sigue practicando. La Iglesia sigue estando formada por dos grupos de personas: una minoría, que ostentan el poder, y los otros, los mas, que si quieren estar en la Iglesia, se tienen que someter a los que tienen el poder. Los Consejos Pastorales, Presbiterios, Conferencias y Sínodos Episcopales . La Conferencia Episcopal, La CONFER de los religiosos ... todos tienen un valor meramente consultivo. La última palabra la tendrá siempre en cada grupo el párroco, el obispo, el superior religioso, el Papa. Y en esta pirámide la autoridad plena y universal, de la que depende todo en la Iglesia está centrada en un solo hombre: el Papa. Y, lo más grave de todo, es que en esta estructura el Papa actúa y ejerce su autoridad a atreves de La Curia Romana. Este hombre y este ente creado alrededor de él va a marcar en cada momento histórico las creencias, el modo de relacionarse con Dios, con los demás hombres, con la naturaleza, con el mundo, de los millones de cristianos esparcidos por el mundo entero.

EL PODER DEL PAPA HOY

Como se ha dicho, lo más grave es que en esta estructura hoy el poder sigue centrado de forma plena y absoluta en un solo hombre.
En el Código de Derecho Canónico vigente se afirma que el Papa tiene una potestad
+«plena, (legislativa, judicial y punitiva) inmediata y universal» que además
+«puede ejercer siempre libremente» ante la que
+«no cabe apelación ni recurso alguno» cuyas decisiones
+«no pueden ser juzgadas por nadie”, sin que
+«haya autoridad alguna a la que tenga que someterse, ni ante la cual tenga que dar cuenta» y ante la que
+“si alguien recurre debe ser castigado con una censura o un entredicho o una suspensión a divinis»...
Esta forma de organizar el poder hace que en la Iglesia
+todos sin excepción tengan que ir por donde va el Papa. Y
+nadie pueda tener en ella derechos adquiridos.
Y la cosa se complica mucho más cuando sabemos que quien de hecho, en nombre del Papa, ejerce la suprema potestad en la Iglesia es La Curia Romana. Un ente compuesto por cardenales, obispos, funcionarios... que nadie conoce cual es su organigrama, cómo funciona, cómo entenderse con ella..
Los «monitum», avisos, advertencias que diariamente emanan de ella están a la orden del día. Ello está creando que muchos se sientan controlados y amenazados, que haya crispación y miedo en muchos obispos, superiores de ordenes religiosas, teólogos, profesores etc. Está siendo motivo de mucho dolor, indefensión, mucha soledad, sufrida en silencio por amor a la Iglesia, por no escandalizar, porque de todas formas no se va a poder conseguir nada. Todos cuantos en los último años, incluyendo el Papa actual, han intentado un reforma de la misma se han estrellado.
(Es estos días hemos conocido el siguiente mensaje de Redes Cristianas:
«Acabamos de ser informados, por parte del Provincial de la Congregación de los Agustinos del cual depende el Colegio San Agustín de Madrid, que la I Asamblea de Redes Cristianas no podrá celebrarse en dicho colegio, por tanto tendrá lugar, con el mismo programa y en las mismas fechas en la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid.» Redacción de T.H.))

¿QUÉ HACER?

El Concilio Vaticano II quiso una Iglesia, comunidad de comunidades, en la que todos son y se sienten responsables, porque pueden participar y de hecho participan en su pequeña comunidad en lo que se piensa , se dice y se decide. Una Iglesia que todos por igual sienten y viven como propio, como algo que les concierne vivamente y en lo que se sienten comprometidos. Una Iglesia en la que el clero no acapara y menos monopoliza el poder de pensar, de decir y de decidir
En una comunidad que se llame cristiana no puede haber unos por encima de otros, unos que mandan y otros que obedecen. Todos somos por igual sacerdotes, profetas y reyes Tendrá que haber siempre, como en todo grupo humano, quien oriente, guíe, coordine, presida... pero siempre desde una actitud de servicio a la comunidad, nunca jamás, bajo ningún concepto, como el que ordena y manda, como el amo del cortijo.
La obediencia y el consiguiente sometimiento, no ya sólo a Dios, sino además a un ser humano al que hay que aceptar como «voz de Dios”, mande lo que mande (con tal de que lo que mandee no sea pecado), es lo más opuesto al sentido de la libertad y responsabilidad inalienable que hoy tiene el común de los mortales.
En la Iglesia habrá más libertad, no en la medida en la que los que la dirigen y gobiernan nos vayan concediendo en asuntos concretos, sino en cuanto los cristianos seamos capaces de vivir en la libertad de los hijos de Dios y obrar en consecuencia. No hemos entendido lo más nuclear del Concilio cuando aceptamos sin más, que los que entienden y saben de Dios y los que tienen capacidad de tomar decisiones en cuestiones de Iglesia son los Obispos y los sacerdotes, y que los laicos lo que tienen que hacer es aprender, aceptar, obedecer y cumplir.
En la Iglesia todo poder que pretenda utilizarse para cosas que vayan en contra del Evangelio, que no sirve para asegurar el respeto a las personas, los derechos humanos de las personas , la dignidad de cualquier persona, no puede ser un poder que viene de Dios y no podemos sentirnos obligados a aceptar sus exigencias.
El Concilio dijo que lo que nos unifica a todos por igual en la Iglesia es la libertad. Pero no una libertad cualquiera sino “la libertad de los hijos de Dios”, es decir, de la libertad “que rechaza todas las esclavitudes y respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión”. Es una libertad que “se enfrenta a las incontables esclavitudes que oprimen a las personas en la Iglesia y en el mundo contemporáneo” “No es una libertad que se nos da, sino más bien una libertad que conquistamos, que brota desde dentro de uno mismo, de la propia conciencia”. No es una libertad para «hacer lo que nos dé la gana” sino para “luchar contra todas las formas de esclavitud que oprimen a los seres de este mundo” Libertad que brota de la “dignidad de la conciencia y de su decisión libre” no de preceptos y obligaciones impuestos por otras personas.
Y estamos favoreciendo el clericalismo cuando nos preocupa el denunciar al Papa, a los obispos, al párroco. Cuando nos quejamos y les culpabilizamos, porque creemos que son ellos quienes tienen que ir cambiando las cosas. Con ello lo que conseguimos es hacerlos el centro, lo más importante en la Iglesia, les damos una importancia que el Concilio no quiso que tuvieran en el Pueblo de Dios. .
Favorecemos igualmente una Iglesia clerical cuando luchamos porque las mujeres sean sacerdotes o los curas casados vuelvan al rol y al puesto que dejaron, pues con ello lo que se consigue es potenciar el sistema clerical existente. En vez de más clérigos, se necesitan hombres y mujeres capaces de crear, presidir, animar, formar, coordinar... pequeñas comunidades de creyentes..
El poder religioso pertenece a ese tipo de poderes, de autoridad, que aceptamos de forma voluntaria y libre, porque es algo que le queremos dar a personas concretas por motivaciones generalmente religiosas. El que tiene poder religioso lo tiene para las personas que por motivaciones religiosas o por otras motivaciones le dan ese poder. Y no tiene poder ni autoridad para el que no es religioso o tiene otras motivaciones personales que le quitan ese poder. Por ello a todo lo que nos llegue desde el poder hay que ponerle interrogantes, porque es muy posible que los intereses del poder estén deformando el mensaje
El cristiano tiene en este tema un principio incuestionable: ninguna autoridad tiene poder ni autoridad para mandar cosa alguna, que esté en contra del mensaje de Jesús. Nadie tiene en la Iglesia poder ni autoridad para mandar o disponer nada que esté en contra del Evangelio. Consecuentemente cuando estoy obedeciendo, aceptando, siguiendo lo que en un momento determinado me dice una autoridad religiosa que creo que está en contra del Evangelio le estoy concediendo un poder que no tiene. Cuando estoy colaborando en movidas de Iglesia que están en contra de lo que nuclear e indiscutible en el Evangelio soy tan culpable como ellos en que esa situación se mantenga.
Cuando los grandes ideales, las grandes palabras, los grandes relatos y las utopías se hunden, arrasados por el huracán de la globalización y por la postmodernidad, se hace más apremiante que nunca la presencia, en la sociedad y en la Iglesia, de personas que digan algo distinto, radicalmente distinto, de las consignas que nos dicta a todas horas el «pensamiento único», esa forma de ver la vida que lo ha reducido todo a mercancía, bienestar y satisfacción plena, sin otro horizonte que la garantía de estar siempre como estamos. o mejor de lo que estamos, con tal de no salirse de lo establecido, resignadamente acomodados al sistema que se nos ha impuesto. Desde este punto de vista, la vida religiosa, con los tres votos de castidad, pobreza y obediencia y o sin ellos, tendrían que constituirse por grupos de personas libres, con la libertad de los hijos de Dios, que se quieren y quieren de verdad, y que hacen de su vida un grito de protesta
--en la Iglesia y en la sociedad--, contra las incontables formas de agresión contra la vida y la esperanza que se cometen a diario por todas partes.

 

  San José Obrero

                                                                                                                                          Puerto de Santa María

 
  Por último, nos dirigimos a una comunidad
parroquial muy peculiar de El Puerto de Santa María (Cádiz), la que conforma la parroquia de San José Obrero. Está la última puesta, aunque fueron los primeros en responder (una semana escasa después de pedírselo, tan claro lo tienen) porque son una concreción maravillosa de las tres reflexiones que le preceden, habiendo hecho carne, organización y vida de fe las enseñanzas del evangelio y las del concilio Vaticano II. Una experiencia ilusionante para todos nosotros porque en ellos es verdad eso de «la doble fidelidad al pueblo y al evangelio».


Nos preguntan sobre nuestra experiencia de cómo entendemos la democracia en nuestra comunidad parroquial de San José Obrero en El Puerto de Santa María. Y vamos a empezar reflexionando sobre una cuestión previa que creemos condiciona la forma de interpretar la realidad social y, por ende, la participación democrática en las instituciones.


«DE LO PROFANO Y LO SAGRADO»

A lo largo de todos estos años de vivir la fe en comunidad y de ir descubriendo a un Dios cercano a nuestra realidad, hemos experimentado a un Dios padre-madre que se le cae la baba con las cosas de este mundo, a un Dios que «se muere» por lo humano, y a un Dios cuyo Espíritu también vive y aletea fuera del templo (ese es el significado de profano).
Jesús vivo nos abre los ojos y nos dice que todo lo humano es de Dios, que Él vino a rasgar el velo del templo que separaba lo sagrado de lo profano. Desde entonces ya nada es ajeno a Dios y todo lo humano es sagrado.
El seguimiento de Jesús, el intentar vivir su estilo de vida, el experimentar la cercanía del Padre-Madre, nos lleva a valorar todo esfuerzo social en pos de la fraternidad y de la justicia, en definitiva, a reconocer en la sociedad gestos positivos que hagan avanzar el Reinado de Dios en el mundo y la historia.
En los últimos siglos se han dado avances sociales, impulsados por el espíritu de libertad, igualdad y fraternidad. Entre ellos la democracia en lo político; teorías y experimentos socialistas en busca de una igualdad económica; y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una ética de mínimos para cualquier Estado en el trato con sus ciudadanos. Todo ello ha supuesto pasos escatológicos hacia la llegada del Reino (Javier Vitoria).
EXPERIENCIA DE DEMOCRACIA
EN NUESTRA COMUNIDAD.

El nacimiento de nuestra Comunidad coincide con los aires nuevos que nos trajo el Vaticano II, y con la lucha por la democracia en los finales de la dictadura. Dos hechos que marcaron mucho nuestra identidad comunitaria. Se empezaron a dar pasos en la participación de l@s laic@s y la estructura comunitaria comenzó a pasar de

- De una estructura piramidal…
«Pues esta sociedad [la Iglesia] es por su propia fuerza y naturaleza desigual. Se compone, por tanto, de un orden doble de personas, pastores y grey, es decir, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. (Pío IX, Vehementer Nos).

- …A una comunidad horizontal.
El concilio Vaticano II al designar a la iglesia como Pueblo de Dios revaloriza la comunidad y el pueblo como elemento característico de la iglesia. La iglesia es un pueblo y todos somos miembros de él, todos somos en este sentido, laicos; es decir, pertenecemos al pueblo, que es la Iglesia, no hay cristiano eclesial (Lumen Gentium 9). También se resalta que la igualdad existencial y antropológica es anterior a la diversidad de funciones, carismas y estructuras o ministerios (L.G. 9).
Tuvimos la suerte de contar con un equipo pastoral de cuatro presbíteros, con los que fuimos descubriendo que tod@s somos importantes para la vida de la Comunidad y que el presbítero es un miembro más.
Desde un primer momento, se dio importancia a dos aspectos que pueden ir llevando a cualquier sociedad a la democracia participativa: la delegación de tareas (según se van incorporando personas del barrio a la comunidad se van creando grupos de trabajo con los servicios para la vida comunitaria) y la financiación -«el que paga es el que manda»- de los servicios (no se cobra por ningún sacramento ni documento) y de la construcción de los dos templos de la parroquia.
Antes de que lo recogiera el Derecho Canónico de 1983, creamos la Coordinadora (así llamamos al Consejo Pastoral) como grupo dinamizador de la vida comunitaria, en el que se toman las decisiones por consenso. El límite democrático lo pone el derecho canónico, que limita sólo a la petición de consulta y no a la toma de decisiones, las funciones del Consejo Pastoral.
«Éstos [los consejos pastorales], como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa, sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia». (Juan Pablo II, Novo millenio ineunte 45).
Es decir, que decidamos lo que decidamos, la responsabilidad jurídica y eclesiástica sólo corresponde al presbítero. Por lo tanto, habría que reconocer a la comunidad como una entidad reconocida eclesialmente y con pleno derecho a decidir sobre su futuro, derecho que actualmente sólo corresponde al párroco.
Hasta la fecha sólo se ha producido un cambio de obispo en nuestra diócesis, ya que ésta es de reciente creación, y en su momento, ya reclamamos para todos los miembros de la diócesis el derecho a elegir al nuevo obispo.
En nuestra comunidad a la mujer se le da el sitio que le corresponde, accediendo a todos los cargos y servicios y participando de todas las decisiones, como integrante de pleno derecho de la comunidad que es. No existe ningún motivo teológico para que la Iglesia trate a la mujer como miembro de segunda categoría.
Creemos que hay que caminar hacia un nuevo modelo de presencia pública de la Iglesia en España, de la jerarquía sobre todo. Ya que a lo largo de la historia ha demostrado que sabe vivir en la persecución y también en el nacional-catolicismo pero aún no ha dado muestras de saber hacerlo en pluralidad y democracia. Como anécdota: contamos en nuestra comunidad con un concejal, una concejala y un parlamentario andaluz.
Tenemos experiencia de que la Iglesia es misterio y sacramento y la vida comunitaria no se limita al mero ejercicio de la democracia. En nuestra asamblea de este año decimos que «La comunión es la esencia de la comunidad», pero ello no nos exime de aportar el soporte humano sobre el que más tarde flotará la experiencia creyente en el Dios de la Vida.
Por ello, habrá que ir avanzando:
+en las relaciones interpersonales, en misericordia enraízada en la ternura humana.
+en las estructuras comunitarias, en comunión vivida, entre otros aspectos, con el ejercicio de la democracia en la toma de decisiones.
+en las relaciones con otras comunidades y con el resto de la Iglesia, en unidad dentro del respeto a la pluralidad.
«Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel sopla el Espíritu de Dios». San Paulino de Nola