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Enrique Castro
Imagino que uno de los motivos para que me hayan
invitado a presentar estecongreso de teología se debe al apoyo que
habéis dado a nuestra parroquia en estos últimos meses, por lo que,
sobre todo, quiero daros las gracias en nombre de toda nuestra
comunidad.
Pero no ha sido sólo una muestra de apoyo, sino una constatación de que
todos nosotros estamos queriendo manifestar que es posible recuperar el
sentido genuino de la iglesia de Jesús, basada en la utopía (tal vez hoy
se entiende mejor esta palabra que la palabra reino), la justicia de la
reconciliación y la solidaridad.
FUI EMIGRANTE Y ME ACOGISTEIS.
En nuestra parroquia todo comenzó en el encierro del 2001. Llegaron de
Latino América, El Magreb, subsaharianos, algunos del este europeo y dos
de Mongolia. Querían papeles, pero estaban en la calle, sin techo.
Descubrimos que no sólo había que apoyar sus reivindicaciones, había
otros encierros en parroquias y centros diversos y en distintas
ciudades, se hicieron manifestaciones masivas de apoyo. No nos fue
difícil entender que, mientras conseguían sus objetivos, necesitaban
satisfacer sus necesidades mínimas de comida, techo y afecto, porque
teníamos la experiencia de los llamados chavales de la calle. Lo único
que les diferencia es que son extranjeros. En lo demás, lo mismo: tienen
que buscarse la vida y son perseguidos, con un plus añadido. No tenían
apoyo al estar fuera de su tierra, no conocían dónde refugiarse o
esconderse como los de aquí, eran desconfiados, los marroquíes apenas
balbuceaban nuestro idioma… Comenzaron a vivir en nuestras casas, sobre
todo los magrebíes, lo que supuso para ellos comenzar a sentir seguridad
y confianza. En la parroquia y en nuestros domicilios hay empadronados
cientos de ellos.
Tomamos contacto con sus familias y hemos bajado en distintas ocasiones
a conocerlas,
lo que ha hecho que nos consideren su familia en España.
Hoy tenemos a muchos menores de dieciocho años a los que están
expulsando abusivamente, sin ninguna garantía jurídica, sin conocer su
situación familiar, engañándoles, vulnerando sus derechos fundamentales.
El equipo de abogados de la parroquia ha conseguido sacar literalmente
del avión, por mandamiento judicial, a muchos de estos chicos que se
llevaban repatriados clandestinamente.
No puedo extenderme. Tan sólo señalar que hay distintos grupos en
nuestro país, creyentes y no creyentes, viviendo esta misma experiencia
con los emigrantes. A través de ella hemos pasado de la convivencia y el
apoyo a la lucha más o menos organizada, en la que participan ellos
mismos, los antiguos chavales de la calle y los distintos
grupos que se organizaron en los años ochenta, las madres incluidas.
Quiero señalar otro aspecto de la vinculación entre ellos y nosotros. En
el encierro del 2001 celebrábamos la eucaristía los domingos, como
siempre. Para ello tenían que despejar la sala de colchones, mantas y
enseres y se quedaban en nuestra celebración. No era difícil para los
emigrantes de habla hispana, cristianos en su
mayoría, pero sí para los musulmanes. Aunque un poco chapuceramente,
comenzamos a
hacer celebraciones comunes, leyendo también versículos del Corán, que
ellos traducían, diciendo nosotros amén a su oración en árabe y uniendo
ellos sus manos a las nuestras en el padrenuestro. Ellos dicen la mesa
de Jesús, comparten con nosotros el pan y el vino, igual que ateos y
agnósticos y alguno dice: soy musulmán pero ésta es mi iglesia.
De hecho consideran la parroquia como su casa, participan en todo,
celebramos juntos sus fiestas y las nuestras y también gritan el no nos
moverán.
Hoy no hay diferencia, en nosotros, entre los de aquí y los de fuera,
son muchos los lazos que nos unen, incluida la fe que nos hace superar
obstáculos y miedos.
Los inmigrantes son parte de los pobres y excluidos de la tierra, por lo
tanto son la heredad, la iglesia del dios de Jesús. Nosotros somos
iglesia de Jesús sólo si convivimos con ellos y luchamos con ellos.
Quisiera hoy hacer una reflexión con vosotros, en varios puntos, desde
lo que hemos ido descubriendo estos años en la parroquia, ahora que se
hacen tan evidentes a todos los ojos las diferencias entre la concepción
de la iglesia vaticanista y la que podemos llamar iglesia de base.
En primer lugar, pensamos que sería importante cambiar la concepción de
parroquia como lugar de culto para transformarla en lugar de encuentro.
Si la iglesia de Jesús es de los pobres, las parroquias y las
comunidades son el lugar de los pobres y, hoy que hablamos de ellos,
también de los emigrantes. Los que ya estamos dentro de ellas tendríamos
que abrirles las puertas y facilitarles que descubrieran la fe como
motor de la vida humana, de sus propias vidas, no dictándoles, sino
encontrando con ellos la riqueza que existe en la desnudez de cada uno.
No se abre una parroquia si no se abren nuestras casas y nuestros
tiempos, si no se da un encuentro y una convivencia en igualdad, donde
todos buceamos en el interior de los otros, escuchando necesidades,
problemas, intentando dar soluciones y cuando éstas se dan, celebrarlas.
La celebración, la fiesta, la eucaristía, dejarán de ser vacías, porque
celebraremos lo que estamos descubriendo y viviendo.
UN CAMBIO NECESARIO
Esto haría cambiar nuestra concepción asistencialista y moralista:
tenemos que ayudar a los pobres. Todos los que hemos ido formando la
parroquia y la comunidad estos años, hemos descubierto que son ellos los
que han dado sentido a nuestras vidas
porque primero nos han regalado las suyas. Han hecho que se caigan
nuestros esquemas, nuestras concepciones burguesas, nuestro
protagonismo. Han hecho posible que descubramos la fe en el ser humano y
en nuestra capacidad de cambio. Nos han traído la buena noticia.
LA LITURGIA
El segundo momento de esta reflexión es acerca de la liturgia en
nuestras parroquias y comunidades. Los pobres –y aquí incluyo a los
jóvenes- deben entenderla, sentir que es algo suyo. ¿Con estos ropajes?
Ya le vale a Cañizares. ¿Con estas canciones? ¿Con los monólogos del
cura?
En muchas comunidades esto ha cambiado, nosotros hemos aprendido de
ellas, y en parroquias hay grupos que celebran de otra manera, pero como
a escondidas. Creo que tenemos que ir superando miedos para que, en una
sociedad cada vez más laica, nuestras parroquias no espanten a la gente
por aburrimiento o lejanía. No hemos visto ni a los mayores huir de las
celebraciones en las que todos participamos. Sólo se han ido los
sometidos, los que ponen la norma por encima del ser humano.
LA LUCHA
El último punto al que me quiero referir es el de la lucha. Cuando
facilitamos una vivienda a un emigrante o le ayudamos a conseguir
papeles o le facilitamos un puesto de trabajo, ya hacemos mucho por él.
Eso todavía es asistencialismo. Pero si estás vinculado personalmente,
denuncias cuando le maltratan, peleas contra su expulsión o le escondes,
le das un trabajo clandestino, te haces cómplice, incondicional,
encubridor, que no los toquen, porque ya son algo tuyo. La caridad deja
de ser asistencialismo y se convierte en justicia, basada en el amor, no
en la ley.
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JESÚS BURGALETA
El 17-09-07 murió Jesús Burgaleta, profesor
de Teología en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid.
Moceop ha sintonizado perfectamente con el modo de pensar, sentir y
decir de este hombre, que respiraba siempre Evangelio. En varias
ocasiones, en nuestros encuentros, nos ha iluminado desde la teología
.Sirvan como muestras de esto los artículos publicados: + Recientemente
hemos publicado en nuestra página web algunos textos suyos, como el que
hablaba de la Eucaristía en «Tomad, comed y vivid en el amor» (http://www.moceop.net/spip.php?article114)
+ En marzo del 1980, en el nº 4 de Tiempo de Hablar sobre «Los
Ministerios» (http://www.moceop.net/tiempo_hablar/revistas/N_4/ministerios_burgaleta_4.htm)
+ Y en el 1982 en el nº 15 nos dice:
«Todo lo que se afirma de «los ministros» es necesario predicarlo antes
básicamente de la comunidad ministerial. Los ministros son miembros de
la comunidad que posee los dones del Espíritu y tiene la
corresponsabilidad de su propia edificación, siguiendo ese mismo
Espíritu. Los ministros son los que destacan en los dones y en el
servicio, también como don gratuito de Dios a la comunidad.
El ministerio de los ministros consiste en servir: es existencial. El
mismo desarrollo en la comunidad de su existencia servicial realiza la
función de edificar a los creyentes. (No es antes la instalación en la
función. No es cuestión de un «estado de vida concreto y determinado»:
varón, célibe, segregado, separado, privilegiado ... ) . Es necesario
confrontar el PODER y el SERVICIO y elegir ante una alternativa en la
que un extremo excluye a otro...
Habría que replantear en la Iglesia la igualdad de todos dentro de la
diversidad de servicios. La desigualdad debería surgir en «el ser menos
que el otro», «en la mayor calidad y cantidad de servicio», en ser
existencialmente «siervo de siervos».
También tenemos que preguntarnos por la VOCACIÓN AL MINISTERIO:
¿Es la vocación una llamada sicológica? Hay más vocación que la de ser
servidor de todos los hombres y, en concreto, de los hermanos de la
comunidad? Poner todo que se tiene al servicio de los otros es norma de
vida discípulo.
¿Es la comunidad la que llama, elige, designa, reconoce? Así acontece
con, Matías (Act. 1, 21-26), con los siete (Act. 6,2-6).
La comunidad al elegir y llamar a sus servidores, porque la edifican,
reconoce en ellos el don absolutamente gratuito del Espíritu. Esta
elección de la comunidad es rubricada por los ministros de ella. (Act.
7,6; 13,3; I Tim, 4,14; II Tim. 1,6).»
+ Y también en el nº 68 en «Un Grano de sal» página 30 nos habló sobre
«Comunidad y Ministerios» --documentos tercero de «un grano de sal»-- (http://www.moceop.net/tiempo_hablar/revistas/N_68/webdoc8.htm
)
No es ahora cuestión de hacer una apología de quien no la necesita. Su
vida fue ya un impresionante testimonio de Evangelio y de Reino. Citamos
unas frases suyas que, seguro, muchos y muchas recordarán. Se refieren a
la Eucaristía cuando realmente se celebra. Y, a este propósito, se
preguntaba Jesús Burgaleta: “¿Qué pasa con esta celebración eucarística
de la iglesia actual que tiene tan poco que ver con la Cena del Señor?
¿Qué hacemos al celebrar la Eucaristía en medio de la sociedad en que
vivimos? ¿Estamos sembrando el reino o consolidando la sociedad
desconciliada?”
Y luego continúa: “En la Eucaristía hay un grito de justicia,
fraternidad, acción profética contra una sociedad que no comparte el
pan, la vida, sino al contrario, que se como al otro. La Eucaristía no
es para recibir sino para dar, para compartirse, darse. ¿Como se ha
reducida el material subversivo del condenado en la cruz a este
ceremonial aquietante? … “La Eucaristía es una bomba, pero le hemos
quitado la espoleta y no explota evangelizadoramente. ¿Se puede celebrar
la Eucaristía en comunidades sin comunión?… Por ello hay que encontrar
el núcleo de la Eucaristía en nuestras comunidades, en la calle, en lo
nacional y en lo internacional, porque el amor es internacional, así
como la solidaridad y el compartir”.
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