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más preguntas que
respuestas
educación para la ciudadanía y libertad
Queridos diocesanos: Es tanta la tinta vertida ya
sobre la polémica asignatura «Educación para la ciudadanía», impuesta
por el actual Gobierno de la Nación, que he estado dudando de
intervenir.
El primer fallo, común, por cierto, a otras leyes anteriores y de
anteriores Gobiernos, está en que la Ley Orgánica de Educación (LOE) de
cuyo contenido esta asignatura es parte, más bien parece la «joya de la
corona», no fue debidamente consensuada. Cuando es así, las leyes duran
lo que duran las mayorías de los Parlamentos.
La asignatura «Educación para la ciudadanía» es una forma concreta,
dentro de otras posibles, de intentar, según se nos dice, que los niños
y jóvenes se instruyan, formen y eduquen en los derechos fundamentales,
en los valores de la Constitución Española y la democracia… para que
sean buenos ciudadanos. La intención parece buena. Pero las preguntas
que muchos nos hacemos son también lógicas. Entre otras: ¿Es necesario,
para eso, una nueva asignatura obligatoria para todos? ¿No hay otras
formas de hacerlo? De hecho, en otros países de nuestro entorno europeo
se está haciendo de otra manera. ¿Es necesaria, para imponerla, la
permanente amenaza contra quienes no la aceptan en todo o en parte? ¿Qué
orientación ideológica, qué filosofía, qué concepción de la persona, de
la vida, de la existencia…subyace en todo este empeño? ¿Hasta dónde van
a llegar la instrucción e información, la orientación… y dónde puede
empezar el adoctrinamiento y la manipulación? El que el Estado sea el
titular de la Escuela pública y tenga competencias en todo el sistema
educativo de un país, ¿hasta qué punto legitima al Estado y al Gobierno
a ofrecer una determinada orientación moral, un sistema de valores, unos
comportamientos para todos? ¿Qué hacer cuando el alumno pueda entrar en
conflicto o en contradicción entre lo que cree y vive y lo que recibe
por imposición? ¿No se suplanta de hecho el derecho sagrado de los
padres como los originales, primeros e insustituibles educadores de sus
hijos? Los alumnos que elijan la asignatura de religión según su propia
fe o pertenencia, ¿no reciben ya con ello una educación como buenos
ciudadanos, más aún como personas?
Éstas y otras preguntas nos hacemos muchos, sobre todo ante el empeño
compulsivo de los máximos responsables.. Se repite una y otra vez que
las leyes son para cumplirlas. Sí, pero las justas y las que no invadan
campos que no corresponden al legislador humano. ¿Es esta ley justa
hasta ese extremo en todos sus contenidos, forma y método?
El Estado y el Gobierno, por su parte, en lugar de amenazar, habrán de
respetar esta libertad y buscar caminos de salida a posibles conflictos
y garantizar así el ejercicio de esa libertad. Ésta es también un
derecho que está, tanto en la Carta de las Naciones Unidas, como en la
Constitución Española, como, antes aún, en toda persona humana y, desde
luego, en la conciencia de todos los que creemos y reconocemos al Señor
por encima de todo César.
Os saluda y bendice vuestro Obispo
+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara
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¿educación para la
ciudadanía?
depende, todo depende
Juan José Tamayo
¿QUÉ CIUDADANÍA?
La asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos
constituye uno de los logros más importantes de la reforma educativa.
Viene a llenar una de las más graves carencias de nuestro sistema de
enseñanza, cual es la educación civico-democrática de los ciudadanos y
ciudadanas, en aplicación del artículo 27.2 de la Constitución Española:
“La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad
humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a
los derechos y libertades fundamentales”. Responde, además, a una
recomendación de la Unión Europea, donde más de veinte países la han
incorporado dentro del currículo escolar. En definitiva, se trata de una
asignatura sobre la que en Europa hay consenso y no parece plantear
problemas a la hora de impartirla en las aulas. Al menos hasta el
presente no se han producido; tampoco en España durante los meses que
lleva impartiéndose en varias comunidades autónomas. Según los
testimonios de no pocos docentes de la asignatura, la experiencia está
siendo muy positiva y facilita la convivencia dentro de la comunidad
educativa. Sólo un número muy reducido de padres han presentado objeción
a la misma.
¿En qué ciudadanía educar? Creo que el concepto de ciudadanía en la que
hemos de educar y educarnos desde la escuela y en la sociedad no puede
reducirse a los miembros de una nación, sino que ha de ser inclusiva de
todas las personas, sin discriminación de género, de etnia, de
procedencia geográfica, de religión, de cultura, de clase social, etc.
Todos y todas somos ciudadanos y ciuda-danas. Los inmi-grantes, con
papeles o sin papeles, son tan ciudadanos como los nativos y deben
ejercer todos los derechos inherentes a la persona sin ninguna
restricción. Por tanto, la ciudadanía debe ser: cosmopolita y global,
democrática y respetuosa de la diferencia sin caer en la desigualdad,
responsable y activa, crítica y transformadora, intercultural e
interétnica, debe comprender los diferentes aspectos del quehacer
humano: políticos, sociales, económicos, culturales, etc. Y debe empezar
a construirse desde el ámbito local.
LLUEVEN LAS CRÍTICAS DE LA IGLESIA CATÓLICA
Ése es, a mi juicio, el horizonte en el que debe moverse la nueva
asignatura, que ya ha empezado a impartirse en algunas comunidades
autónomas. Sin embargo, en España, desde que se anunciara la elaboración
de la ley que regula dicha asignatura, no han cesado las críticas y el
rechazo de influyentes sectores de la Iglesia católica. Resumiendo, tres
son los argumentos en que dicen apoyar su rechazo. El primero, que el
Estado se arroga un derecho que sólo a los padres corresponde: la
educación de la conciencia moral de sus hijos. El segundo, que la
asignatura va a convertirse en una herramienta eficacísima del gobierno
para el adoctrinamiento político y para la imposición de su ideología
laicista. El tercero, en boca del cardenal Rouco Varela, que supone “una
devaluación inevitable, cultural y pedagógica de la clase de religión y
moral católica, a la que implícitamente se le está negando la capacidad
para formar a la persona no sólo en la ética social –lo que ya sería muy
grave- sino, además, en la moral personal”.
En un acto, a mi juicio, de irresponsabilidad cívico-democrática y de
desprecio absoluto por las leyes, el arzobispo de Toledo cardenal
Antonio Cañizares ha ido todavía más lejos en las valoraciones hasta
atreverse a decir que “colaborar con la implantación de la nueva
asignatura es colaborar con el mal”. Por eso ha defendido la obligación
moral de los padres católicos de oponerse a la nueva asignatura a través
de la objeción de conciencia, lo que implica un boicot en toda regla.
Posición extremista de la que se ha distanciado el cardenal Carlos
Amigo, arzobispo de Sevilla, quien cree que los padres son libres de
decidir lo que deban hacer. En este maratón de descalificaciones,
algunos sectores católicos han llegado a comparar la Educación para la
Ciudadanía con la Formación del Espíritu Nacional del franquismo.
Identificar la educación en los valores democráticos con la educación en
los valores antidemocráticos y dictatoriales me parece una burda
manipulación.
Tras el rechazo a la asignatura, hay dos estrategias en marcha dentro de
la Iglesia católica, a mi juicio perfectamente armonizadas desde la
jerarquía eclesiástica, las dos tendentes a dificultar su puesta en
práctica, a limitar su importancia en el currículo escolar y a
desnaturalizar el espíritu que la anima: una, el boicot, defendido por
la Concapa y numerosos obispos; otra, impartir la asignatura, adaptada
al ideario de los centros católicos, apoyada por la FERE y por el
presidente de la Conferencia Episcopal Española, si bien éste ha
expresado su desacuerdo con la asignatura y deja en manos de los padres
la decisiones a adoptar.
DESNATURALIZACIÓN Y CONFESIONALIZACIÓN DE LA ASIGNATURA
El Ministerio de Educación ha recibido con alivio la actitud de la
patronal de los colegios católicos, la considera un gesto de distensión
en las tensas relaciones entre la Iglesia Católica y el gobierno
socialista, y presenta como éxito propio el haber conseguido integrar a
un sector importante de la escuela católica en la nueva asignatura y el
haber frenado el golpe de la objeción de conciencia. Yo creo, sin
embargo, que no estamos ante un éxito gubernamental, ni hay razones para
el alivio ministerial ni el gesto de la FERE implica distensión alguna.
Todo lo contrario. Lo que ha sucedido es que, en la confrontación entre
los dirigentes eclesiásticos y el gobierno, de nuevo han vuelto a ganar
la partida los primeros.
¿Por qué? Muy sencillo. Para evitar una “sublevación” de la jerarquía
católica y de influyentes sectores de la patronal de la enseñanza, la
asignatura ha sufrido tal cúmulo de modificaciones que la hacen poco
menos que irreconocible. Como resultado de las negociaciones con la
Conferencia Episcopal y con otras instituciones católicas, se hicieron
importantes recortes en aquellos contenidos que pudieran entrar en
fricción con la doctrina moral católica. Por ejemplo, el estudio de los
distintos modelos de familia, incluido el matrimonio homosexual. Las
sucesivas concesiones iban desnaturalizando un proyecto que nació con
una orientación claramente laica y que corre el peligro de
confesionalizarse.
Pero la mayor desnaturalización se ha producido al conceder a los
colegios la libertad de adaptar los contenidos de la asignatura al
ideario de centros. De esta manera, la constitución española y las leyes
democráticas se supeditan a una ideología que puede ser contraria a las
mismas y que puede llevar a su deslegitimación e incumplimiento. Por
ejemplo, la ley de divorcio será considerada por los centros con ideario
católico contraria al orden divino y a la ley natural y explicada como
un atentado contra la familia; la ley de interrupción voluntaria del
embarazo puede ser interpretada como una incitación al crimen, más aún,
al asesinato de los inocentes; los matrimonios homosexuales serán
explicados como uniones inmorales e ilegales. ¡De nuevo la Constitución
y las leyes democráticas sometidas a la religión! Los responsables de
los colegios católicos ya han anunciado que pondrán como referentes
morales las vidas de los santos. A eso cabe añadir la reducción de horas
de la asignatura: en algunas comunidades, una hora por semana.
Con la actual modalidad de la Educación para la Ciudadanía los colegios
religiosos tienen no ya una, sino dos plataformas de indoctrinamiento y
de reproducción ideológica: la asignatura de Religión confesional, que
escapa al control de las instituciones académicas porque sus libros de
texto y son profesores son competencia de los obispos, y la de Educación
para la Ciudadanía, que puede utilizarse para transmitir creencias
religiosas más que valores cívicos. El gobierno se ha metido un gol en
propia puerta.
EL TRIUNFO DE LA IGLESIA CATÓLICA
En el pulso de la Iglesia católica con el gobierno ha vuelto a ganar la
Iglesia, y por cuarta vez durante esta legislatura. Primero fue la
negativa a denunciar los Acuerdos con la Santa Sede, muy beneficiosos
para la Iglesia católica. Después, Ley Orgánica de Educación, que
considera la religión confesional como materia evaluable y contempla una
alternativa. Posteriormente, la subida del tipo del 0,52 al 0,7 % en la
declaración de la renta a favor de la Iglesia católica, con exclusión de
las otras iglesias y religiones. Y ahora, la desnaturalización y, en
cierta medida, la confesionalización de la Educación para la Ciudadanía.
Hace unos días se preguntaba el periodista Bonifacio de la Cuadra “¿Para
cuándo el estado laico?”. Yo le respondo: ad kalendas graecas. La actual
orientación política nos lleva justamente en dirección contraria. Y no
parece que haya visos de cambiar el rumbo errático que sigue el PSOE,
quien ya ha anunciado que en su programa para las elecciones generales
del marzo de 2008 no va a incorporar la revisión de los Acuerdos con la
Santa Sede (el Concordato todavía vigente, ¡qué anacronismo!). ¡Toda una
contradicción con su concepción laica del Estado y de la educación!
Parece que le reporta muy pingües réditos electorales, aunque sea en
contra de su tradición laica.
Los colegios católicos ya han presentado la guía por la que se regirán
para impartir la asignatura de Educación para la Ciudadanía, bajo un
título claramente confesional. Claves para ofrecer Educación para la
Ciudadanía en un centro católico, presentada como “una herramienta que
ayude al docente a impartirla conforme al ideario católico de los
centros educativos”. Una guía que se basa en el Catecismo de la Iglesia
Católica sin apartarse un ápice de la ortodoxia católica. Vuelve de
nuevo el catecismo a la escuela, con la complicidad de la ministra de
educación y la anuencia del presidente del gobierno José Luis Rodríguez
Zapatero y de su ministra de Educación Mercedes Cabrera. Un catecismo
similar, si no idéntico, al que yo estudié en la España profunda y
nacional-católica de los años sesenta del siglo pasado en la escuela
rural de mi pueblo. Retrocedemos cincuenta años en el sistema educativo
español ¡con el PSOE gobernando! ¡Y nos quejábamos de la contrarreforma
educativa del Partido Popular!
LOS CRISTIANOS, COMO LOS DEMÁS SERES HUMANOS
Yo me pregunto: ¿por qué los colegios católicos tienen que distinguirse
en la educación para la ciudadanía del resto de los colegios? ¿Es que
existen dos clases de ciudadanía y dos maneras de ser ciudadanos?
Sinceramente, no puedo entenderlo. Sobre todo tras leer la Carta a
Diogneto, documento cristiano del siglo III que expresa con total
nitidez cómo los cristianos no tienen patente de corso, no tienen
privilegios, ni se distinguen del resto de los ciudadanos en su forma de
vida y en sus responsabilidades cívicas. Lo cito a continuación porque
puede iluminar la situación actual:
“V.1. Los cristianos no se distinguen de los demás seres humanos ni por
su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque no habitan
ciudades exclusivas suyas ni habitan una lengua extraña, ni llevan un
género de vida aparte de los demás. 3. Habitando ciudades griegas o
bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en
vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada
país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por
confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero
como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan
como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda
patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran
hijos, pero no exponen los que nacen. 7. Ponen mesa en común, peor no
lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el
tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen
a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes”.
Seguro que si el autor hubiera escrito la Carta hoy en pleno debate
sobre la nueva asignatura hubiera añadido: “los cristianos no estudian
en colegios distintos de los demás ciudadanos, ni adaptan las clases de
educación para la ciudadanía a sus idearios; van a los mismos colegios
que el resto de los ciudadanos, siguen los programas aprobados por las
instituciones académicas; no hacen objeción de conciencia, ya que a) el
debate se sitúa en el ámbito de la confrontación ideológica y política,
no en el de la conciencia, b) la implantación de la asignatura en todos
los colegios y los contenidos de la misma se mueven dentro del artículo
27.2 de la Constitución, que cité al principio, y no están en
contradicción con las libertades y los derechos fundamentales del ser
humano, sino que se mueven plenamente dentro de ese horizonte; y c) en
ningún caso van más allá de los límites del Estado: con la regulación de
la asignatura, el estado no invade la conciencia moral de los
ciudadanos, sino que asume su responsabilidad de educar en la ciudadanía
a todos los ciudadanos que residen en nuestro país.
¿MERECE LA PENA?
Me gustaría hacer tres observaciones finales para el desarrollo armónico
de la asignatura. Primero, es necesario recuperar el carácter laico de
la asignatura y no confundirla con la religión. Segundo, la educación
para la ciudadanía no empieza y termina en el ámbito escolar; debe
continuar en la sociedad, donde hay que crear espacios para la misma.
Tercero, para el logro de los objetivos que se propone la asignatura se
necesita la complicidad de la sociedad: los medios de comunicación, la
sociedad civil, los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones
de padres y madres de alumnos y alumnas. Si no se logra impartir la
asignatura desde una perspectiva laica, es preferible que no se imparta.
Ya vendrán tiempos mejores. Mientras tanto mi compromiso con la
educación cívico.-democrática se desarrollará en la familia, la sociedad
civil, en los movimientos sociales, en los movimientos cristianos de
base, en los medios de comunicación, en mis libros.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las
Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Desde la
heterodoxia. Reflexiones sobre laicismo, política y religión (Ediciones
el Laberinto, Madrid, 2006).
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«dime qué estudias
y te diré quién eres»
francisco paz
Ciudadano o ciudadana, propiamente, es
quien vive en una ciudad. (Así, podemos
decir que villano o villana es quien vive en
una villa). Anteriormente eran burgueses o burguesas quienes se iban a
vivir a los burgos, conjuntos residenciales liberados por el rey de la
dependencia servil del noble feudal de turno, dueño y señor de tierras y
vidas…
Desde la Revolución Francesa (1789), ciudadano (citoyen) es en la
práctica un título honorífico que eleva a los pobres, hace descender (un
poco) a los ricos y asemeja (en algunas cosas) a todos, habitantes de
ciudades, villas, burgos, pueblos o aldeas. Al menos en Francia, y desde
entonces, todos pasaron a ser mi señor (monsieur) y mi señora (madame),
no importa cuál sea su profesión, origen familiar, poder
económico-político o lugar de residencia.
La ciudadanía es un valor adquirido en las sociedades contemporáneas.
Tiene su ideología (liberté, egalité, fraternité), cargada de utopía
sana, siempre en construcción. Tiene su ética (todos iguales ante la
Ley). Tiene su simbología (el apretón de manos sustituye al besamanos y
a la reverencia del inferior ante el superior). Tiene su proyecto
(pagado el precio y pasado el tiempo de las muertes en revancha, de uno
y otro estamento, convivamos en paz respetando nuestras diferencias).
Educar para la ciudadanía es un proyecto legítimo y necesario. La
institución que cuida de la res publica, de los asuntos que afectan al
conjunto de la población, debe cuidar los valores adquiridos (a veces a
precio de sangre y de dolor) de modo que todos los ciudadanos se vean
integrados en el mismo proyecto y con la misma motivación, para asegurar
el con-vivir pacífico y constructivo.
Hubo un tiempo, en el pasado, en el que maestros y profesores eran,
sobre todo, formadores. Formaban filas para todo, en la escuela o en el
colegio (la diferencia de nomenclatura estaba en si eras gratuito o de
pago): filas para entrar, filas para ir a misa o a confesar los pecados
(si era colegio religioso), filas para el recreo, filas para salir, si
habías demostrado que sabías de memoria todo lo que se había puesto en
la fila de cosas obligatorias a saber… (Pero junto a la disciplina y el
orden exteriores estaban los vicios ocultos: hacer lo contrario a
escondidas, copiar en los exámenes, usar motes despectivos, reírse de
normas, valores y conceptos a hurtadillas… «vicios privados, públicas
virtudes»). Todos bien formados y uniformados, pero dispuestos a romper
las formaciones al primer despiste de la autoridad…
Hubo un tiempo, con la recuperación, tardía en España, de la democracia
al uso en el mundo occidental, en que muchos maestros y profesores
procuraron ser, sobre todo, educadores. Intentaban ayudar a con-ducir la
vida personal y social de los alumnos del modo más adecuado para el
presente y el futuro. Educar en la responsabilidad personal, mediante la
adquisición de las herramientas culturales necesarias para la
ciudadanía, incluía tratar los diversos temas que afectan a la vida de
los ciudadanos y ciudadanas de manera abierta, serena y progresiva.
Cuando aspectos particulares de la Historia (fascismos, dictaduras,
democracias…) o de la Biología (sexualidad, procreación…) provocaron las
protestas de algunos padres, los educadores eligieron la comodidad del
profesional neutral que se ciñe al programa académico y evita las
injerencias en asuntos, llamados, particulares.
Los alumnos y alumnas que forman parte de alguna de las entidades
religiosas presentes en España (católicos en su mayoría, pero también
evangélicos y luteranos, ortodoxos, musulmanes, judíos, mormones,
testigos de Jehová, budistas, baha’i, brama kumaris, etc., etc.),
reciben de sus comunidades las herramientas necesarias para su vivencia
de fe y de praxis, coherente con ella. Eso esperamos y creemos todos.
Todas las religiones,
incluso las orientales, tienen una vertiente social
que les impulsa a actuar en consecuencia, cargando, claro, con las
consecuencias: véase al 10% de los monjes budistas de Myanmar saliendo
enérgicamente a la calle…
Las visiones particulares de cada grupo religioso obligan ciertamente a
sus miembros, pero ninguno de ellos puede tratar de obligar a los otros
a actuar del mismo modo. El marco del con-vivir de la ciudadanía ha de
ser asumido por todos, con responsabilidad personal y convencimiento
propios. Así, por ejemplo, un católico tratará de evitar el aborto, el
adulterio, la masturbación, las relaciones homosexuales, etc.,
consecuente con su modo de pensar; incluso tratará de convencer a otros,
respetuosamente, de las virtudes del respeto a toda forma de vida, etc.,
pero no podrá despreciar o tratar como delincuentes a los que actúen del
modo contrario.
«¿Por qué ha suscitado la Educación para la Ciudadanía la sospecha y el
rechazo de amplios sectores de la población? ¿Cómo se ha convertido en
campo de batalla en el que no sólo se juega el trofeo de una asignatura
sino la emergencia de potenciales conflictos?»
Joaquín García Roca plantea esta pregunta en su aportación a una
reflexión sobre este tema de la actualidad española en su trabajo
Educación para la Ciudadanía, editado por Cuadernos, nº 149, de
Cristianisme í Justicia, que podréis encontrar en cualquier librería
religiosa y en www.fespinal.com.
Invito a todos, padres, hijos, profesores, pastores y obispos, a una
reflexión y estudio más ponderado. ¿Cuál es, en el fondo, el problema?
«Educar es proporcionar brújulas para navegar en un tiempo complejo»,
cita el autor. «La promoción de la ciudadanía activa y la cohesión
social es una de las grandes brújulas que necesitan los jóvenes hoy y
forma parte de la necesaria responsabilidad pública que ninguna
institución puede dejar de estimar y acompañar» (Delors, J., La
educación encierra un tesoro, Ed. UNESCO, Madrid, 1995).
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educación para la
ciudadanía y los
derechos humanos
Benjamín Forcano
Al ocuparme del tema , busqué una lectura directa del contenido de la
Ley. Recorrí siete librerías. Ninguna me daba el texto oficial.En la
última, el director me dijo: --Mire Vd., aunque tuviera que tenerla, yo
no la tendría.
--¿Por qué?
--Porque es un atraco.
--Perdone, ¿Vd. ha leído el texto?
--No.
--Y ¿Entonces? ¿No es Vd. un manipulado?.
--Pero yo tengo gente de la que me fío y que me dice la verdad.
--Pues yo tengo también esa gente y me dice todo lo contrario.
--Es que este Gobierno que mal nos gobierna…
--Bueno, lo ha dicho Vd. todo: el PSOE es malo, esta ley es del PSOE,
luego es mala. Buenas tardes y que Dios le acompañe.
Mi intuición se confirmó al ciento por ciento. Todo el mundo habla de la
Ley y nadie la ha leído. Pude comprobar que esta ley viene en parte de
la recomendación del Consejo de Ministros de Europa, se basa en la
Declaración universal de los Derechos humanos y en la Constitución
española y en otros tratados y organismos internacionales, es enseñada
prácticamente en todos los países de Europa y, si se la compara con la
LOCE (PP) en la sección ética, el temario es casi idéntico.
No obstante, Mariano Rajoy afirmaba en la COPE: «Esta asignatura no
tiene ningún sentido. No le aporta nada a ningún alumno. Estamos
haciendo algo grotesco».
¿No tiene ningún sentido legislar que la educación es la principal
riqueza y recurso de un país, que es el medio más adecuado para
transmitir y renovar los conocimientos y valores, que tiene como
finalidad formar a los ciudadanos en el respeto a los demás, la
tolerancia, la solidaridad, el diálogo y el rechazo de toda desigualdad
y discriminación, de toda violencia y prejuicio?
¿No sirve para nada una ley educativa que enseña los elementos básicos
de la cultura y prepara para el ejercicio de los derechos y obligaciones
en la vida civil? ¿Es grotesco que los alumnos aprendan los valores
democráticos: justicia, pluralismo político, libertad, autoestima,
responsabilidad, igualdad de todos ante la ley?
Dice literalmente la ESO: «La realidad fundamental y común que atraviesa
la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos y la Educación
ético cívica es la persona». La persona es, en efecto, la que
fundamenta, esclarece y limita la intervención de los diversos
educadores.
Me propuse recopilar las denuncias que llegaban del mundo eclesiástico:
esta ley es inaceptable en el fondo y la forma, sus contenidos son
perjudiciales para el desarrollo integral de la persona, impone a todos
una moral de Estado por la fuerza de la ley, lesiona los derechos de los
padres, impone el relativismo y la ideología de género. Contra ella es
lícita una defensa incluso con la objeción de con-ciencia.
Quien lea el texto verá mucha pa-labrería hueca y nada o muy poca razón.
Una vez más asistimos a una convivencia sin argumentación ni diálogo y,
en consecuencia, confundida y manipulada. Analicé finalmente un discurso
reiterativo de rechazo.
---Si hablamos de la responsabilidad del Estado, hablemos, puesto que
estamos en España, del Estado actual, que es un Estado de Derecho, laico
, aconfesional y no de un Estado totalitario y fascista.
---Si hablamos de procedimientos democráticos, mostremos cómo la mayoría
de los españoles han aprobado democráticamente en el Parlamento esta
Ley.
---Si hablamos de leyes justas, hablemos del proceso a seguir en una
democracia: debate, aprobación, promulgación y vinculación moral de
estas leyes. El camino a seguir es el elegido por el pueblo a través de
sus representantes en las Cortes Generales y en el Gobierno: poder
legislativo, poder judicial, poder ejecutivo.
---Si hablamos de derechos y deberes a la hora de educar, unos y otros
son propios de todas las instancias educativas, pero unos y otros
proceden de la dignidad de la persona (la del niño), quien sugiere,
exige y limita a todos, también a los Padres, al Estado, a la Iglesia, a
la Escuela. El derecho de los educadores no es omnipotente, viene
limitado por la dignidad de la persona, que reprueba cualquier abuso de
poder.
---Y, final-mente, si hablamos de un Estado demo-crático, hablemos de
una sociedad multi-cultural y pluralista, donde la medida para todos es
la dig-nidad universal de la persona, percibida y desarrollada desde la
perspectiva de una ética civil, vinculante para todos en sus elementos
básicos. La no vinculación se refiere a credos particulares (
ideológico, filosófico, político, religioso) que no pueden imponerse a
todos.
El Estado debe garantizar el derecho de cada uno a ser ateo o creyente,
pero no imponer a nadie, por ley, una cosa ni otra. Hay propuestas que
atañen al Bien Común y en ese caso deben ser reguladas desde lo que es
bien y derecho de todos.
España tiene una historia en que, de hecho, ha prevalecido una unidad de
credo religioso y político. Hoy esa unidad se ha convertido en
pluralidad democrática, con derecho de todos a pensar y disentir, sin
dejar de ser por eso buenos españoles: católicos, creyentes de otra
confesión, ateos, neoconservadores o progresistas.
Presupuestos excluyentes (la verdad y el bien están de nuestra parte, el
error y el mal de la otra) son los que llevan a la exclusión y
enfrentamiento. Una educación y convivencia democráticas, en que
quepamos todos pacíficamente, requieren remover todo presupuesto
excluyente.
Benjamín Forcano Sacerdote y Teólogo
«Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Una propuesta
educativa acorde con una visión humanista cristiana» - Nueva Utopia.
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