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1. LA EDUCACIÓN EN VALORES UN RETO EDUCATIVO
ACTUAL
La educación en valores no sólo es función
del sistema educativo. Se hace en la
familia, en las asociaciones políticas y
culturales, en las comunidades religiosas, en los movimientos y
asociaciones juveniles, en los medios de comunicación social, etc. Pero
lo cierto es que el sistema educativo no puede desentenderse hoy de la
formación de buenos ciudadanos, y por ello de la educación en actitudes
positivas a unos valores que promueven la autonomía personal, la
pluralidad y la convivencia democrática.
En la educación para la ciudadanía, desde la educación en valores, se
trata de hacer viva y real una ética cívica de mínimos que comprenda los
valores básicos que toda persona debe tener ya que, de lo contrario,
manifiesta un déficit de humanidad, y que en toda sociedad tienen que
estar presentes porque su ausencia impide el respeto a la dignidad
humana y vulnera el ejercicio de los derechos humanos.
Es obvio que en la actualidad los padres y los profesores no tienen el
poder y la influencia para transformar en moral una sociedad inmoral; es
ingenuo pensar así. Pero también es cierto que los padres, el sistema
escolar y cada uno de los profesores son corresponsables en la
construcción de una sociedad más humana y más justa, y a ello tienen que
comprometerse con ánimo renovado y con tesón.
En la convivencia familiar los padres y en la tutoría y en el aula los
profesores pueden generar acciones para que los alumnos clarifiquen sus
valores o para que desarrollen su juicio moral, o para que estén
dispuestos a dialogar con los demás cuando con ellos tengan un conflicto
de intereses, buscando entre todos la norma más justa para resolver el
conflicto, o para que efectivamente sus actos sean coherentes con sus
juicios sobre lo que debe ser hecho. Si se consigue que algunos alcancen
cualesquiera de esas metas, entonces todos los esfuerzos de padres y
profesores se verán compensados, pues no podemos olvidar que desde las
personas concretas han de ser cambiadas las anónimas estructuras
sociales.
Pero, ¿qué entendemos por valores y por actitudes? Hemos de afirmar, en
primer lugar, que los valores no son ficciones, objetos de la
imaginación, pertenecientes, por tanto, al mundo de la fantasía.
Pertenecen, ciertamente, al mundo de lo real. Son realidades enraizadas
en nuestra cultura. Desde ellos pensamos, actuamos, decidimos y damos
explicación y coherencia a nuestra vida. Real no es sólo lo
empíricamente observable, medible o cuantificable. Hay otras realidades
que sin ser materiales no dejan de ser reales y existentes. Así la
cultura, los ideales, el amor y el odio, la solidaridad y la
insolidaridad, la justicia y la injusticia...
En esta misma línea el profesor Escámez (1998) sostiene que los valores
son cualidades reales de las personas, cosas, instituciones y sistemas.
«Cualidades reales como la veracidad en una persona o en un periódico,
la belleza en un cuadro o en un paisaje, la eficacia en una universidad
o en una empresa, la imparcialidad en un juez o en un sistema judicial.
Son cualidades reales, y por eso nos atraen, las preferimos, y exigimos
su presencia cuando no están o se manifiestan las cualidades contrarias.
Son cualidades reales, aunque inmateriales, como también son reales,
aunque inmateriales, los problemas, las teorías científicas, los números
o la temática de una novela».
El término valor significa todo aquello que es capaz de romper nuestra
indiferencia; aquello que responde a nuestras tendencias e
inclinaciones; y lo que destaca por su perfección o dignidad. Los
valores y los sistemas de valores son siempre dinámicos y plurales, con
la misma dinamicidad y pluralidad que el hombre concreto y real a quien
hacen referencia. Los valores los entendemos como formas ideales de
vida, como creencias básicas que en última instancia explican la
conducta de un individuo y de una sociedad. Realidades inmateriales,
pero tan reales como el aire que respiramos. Sin ellos no podría
entenderse la multiplicidad de culturas en sus costumbres, tradiciones e
instituciones, como distintas formas de realización personal y
colectiva.
Entendemos pues los valores como cualidades que nosotros ponemos en las
cosas y, además, como creencias básicas a través de las cuales
interpretamos el mundo y damos significado a los acontecimientos y a
nuestra propia existencia.
A nuestro juicio, los valores son el punto de partida y el resultado de
un proceso prioritario de interpretación significativa de la realidad;
son el origen del sistema articulado y armónico de los motivos,
criterios y normas, modelos y proyectos personales de vida; son, en
definitiva, las premisas inspiradoras, los polos de referencia
unificadores de la conducta madura a la que tiende la educación.
Por su parte las actitudes, en cuanto disposiciones relativamente
estables a realizar determinadas conductas, expresan los distintos modos
de situarse el individuo ante los valores de la realidad y de la vida.
Una actitud es un sistema estable de percepciones y evaluaciones, de
sentimientos y emociones, de tendencias a la acción, organizado en
relación a una situación significativa o a un objeto propuesto.
Las actitudes se derivan, de alguna manera, de los valores e inspiran,
dinamizan y orientan la conducta, comunicándole precisamente dirección,
sentido, tensión y fuerza. Y tienden a que el educando realice todo esto
de modo autónomo (capacidad de decidir y escoger la conducta, sin
depender necesariamente de las circunstancias del momento); coherente y
constante (capacidad de mantener en la conducta una dirección y un
sentido constante de cara a los objetivos fijados); oportuno (capacidad
de evaluar, decidir y reaccionar con economía de tiempo y medios,
evitando la indecisión y la insignificancia operativa); fácil (capacidad
de aprovechar la aportación de los recursos internos en la dirección
deseada, con rapidez y coherencia). Constituyen, por así decirlo, la
«vía operativa» de plasmación de los valores en una determinada
conducta.
El paso a la acción desde los valores no se produce de modo directo,
sino a través de la mediación que proviene del desarrollo de actitudes
fundamentales y derivadas. Estas constituyen el momento del paso de la
consideración de los valores al desarrollo de modelos privilegiados de
conducta. Tales actitudes están constituidas y sostenidas por
percepciones orientadas, por evaluaciones y reacciones afectivas, por
opciones racionales y por conatos volitivos fijados en modelos precisos
de conducta.
¿Por qué educar en valores? Los valores juegan un papel central en el
dinamismo de la personalidad como metas de autorrealización personal,
como ideales que regulan los comportamientos individuales o colectivos,
como marcos de conocimiento desde los que nos percibimos a nosotros
mismos y a los demás, o como análisis de las situaciones en las que
vivimos para decidirnos por un tipo de acción o por otro.
Tanto la familia como las instituciones educativas deben plantearse, en
una época de confusión valoral como en la que vivimos, ayudar a los
jóvenes a identificar y clarificar sus propios valores para que tomen
decisiones auténticamente suyas. Consideramos que éste es uno de los
grandes retos de la educación de nuestro tiempo.
La prosperidad económica no es suficiente para alcanzar el bienestar
personal y social. Éste sin la justicia, la tolerancia, la solidaridad,
sin la presencia operativa de los valores fundamentales es una quimera.
La vertebración afectiva que se produce en los educandos, a través de
los procesos de enseñanza-aprendizaje de los valores, es más importante
que la modificación informativa producida con la sola transmisión de los
conocimientos.
El ser humano no sólo es un animal racional y un ser pensante. También
es un ser que sufre y goza; es afecto, emoción, y no sólo inteligencia.
Contemplar el mundo de los valores como componente esencial de la acción
educativa no significa ninguna condescendencia o moda pasajera, sino
reivindicar una educación de la totalidad de la persona.
En el ámbito escolar es preciso aclarar que educar en valores no puede
confundirse con la simple inculcación y, menos todavía, con el
adiestramiento, con la adoctrinación o la manipulación. A nuestro
juicio, son los propios alumnos quienes han de formar su propio sistema
de valores. Los profesores y demás educadores, a través de diversas
actividades, tienen la función de ser facilitadores del proceso para que
cada alumno clarifique y organice sus preferencias, reflexione y analice
si son compatibles entre sí y descubra las consecuencias que se derivan
de sostener unas y no otras.
La enseñanza-aprendizaje de actitudes positivas hacia los valores no
debe identificarse de manera exclusiva con la mera transmisión de ideas,
conceptos y saberes. Es otra cosa, reclama y exige la referencia a la
experiencia. Si no podemos acompañar con la experiencia la enseñanza de
los valores nuestra acción no dejará de ser como un discurso vacío e
inoperante.
En consonancia con lo que acabamos de exponer, entiendo que la función
principal de la escuela, en nuestros días, no debiera ser la de una mera
reproducción mecánica de la sociedad y de la cultura establecida, sino
la creación de actitudes críticas y transformadoras, generando valores
de convivencia, tolerancia y solidaridad. Aceptado este principio
general, es evidente que maestros, profesores y educadores se convierten
en agentes privilegiados, no únicos, en la creación de valores y de
actitudes positivas para la convivencia democrática. Los educadores
deberían ser textos vivos de valores cívicos y agentes primordiales de
esa tarea socializadora en actitudes solidarias y tolerantes. El niño y
el adolescente tienden a identificar la experiencia de un valor con el
modelo más cercano, padres, educadores, maestros y compañeros de su
entorno. Se sentirán más atraídos para la adquisición de una conducta
valiosa si la ven asociada a referentes significativos como son, sin
duda, sus educadores.
Descendiendo al terreno concreto que nos ocupa, el de «la educación para
la ciudadanía», tanto en el ámbito familiar como en el escolar,
considero que su finalidad básica ha de ser la de formar buenos
ciudadanos y personas que sepan vivir en comunidad, con una idea clara
de los valores que se sustentan en los Derechos Humanos y que están
presentes, de alguna manera, en nuestro ordenamiento constitucional
democrático, que respeten las normas justas de convivencia, que sepan
razonar críticamente sobre los problemas éticos y sociales que nos
afectan y participen activamente en el logro del bien común.
2. LA EDUCACIÓN PARA UNA CIUDADANÍA CRÍTICA Y PARTICIPATIVA
El objetivo prioritario de la educación
para la ciudadanía debería ser el logro
por parte de los educandos de un
sentimiento profundo de unión con los demás individuos, en el
reconocimiento de una misma condición humana con unas exigencias
fundamentales. Conseguir que los educandos se sientan ciudadanos implica
la superación de una aceptación pasiva de la ciudadanía. El ciudadano no
puede ser un simple sujeto pasivo, acreedor de unos derechos cuyo
responsable y garante único sea el estado. El ciudadano tiene una serie
de obligaciones que se hacen imprescindibles para una convivencia
pacífica y justa y para que los mismos derechos puedan llegar a todos
los individuos (Camps y Giner, 2000).
Los derechos individuales sólo pueden protegerse si los ciudadanos,
además de presentar exigencias, también están dispuestos a la aceptación
de sus responsabilidades. La única forma de conseguir el respeto a los
propios derechos individuales es participando activamente en la
comunidad política a la que se pertenece y en la comunidad
internacional. Sólo así es posible superar las patologías de una
ciudadanía débil y transformarla en una ciudadanía con poder suficiente
para exigir lo que le corresponde frente a los poderes económicos y
políticos, ya sean nacionales o internacionales. Sólo a través de la
construcción de una opinión pública civil es posible pasar de un mundo
de preferencias individuales a la voluntad común de quienes afirman:
«queremos que nuestro mundo sea así». La defensa de los derechos
individuales resulta imposible si los ciudadanos se aíslan de los demás
y no construyen redes sociales en las que se produzcan la deliberación y
la acción en común.
A pesar de los obstáculos, el futuro de nuestra vida y de nuestras
comunidades depende, en gran medida, de lo que cada uno vayamos
haciendo. Es necesario implicarse porque la tarea es volver a tejer el
tejido social que el neoliberalismo está desgarrando. «Cada uno de
nosotros puede convertirse en la urdimbre de la trama. Cada puente que
se construye, cada canal que se excava, cada sendero que se pisa va
hacia alguna parte y contribuye a volver a crear el paisaje humano» (Escámez
y Gil, 2002).
La dignidad humana, tan querida de la ética moderna, implica el deber de
dirigirnos desde la condición de súbditos a la de ciudadanos, pasar de
ser manipulados a ser actores de nuestro propio futuro. Todo el mundo
puede participar en el refuerzo de la democracia local, nacional y
estatal, en la creación de instituciones y redes sociales diversas para
el análisis de los problemas sociales y la acción conjunta de los
miembros de la sociedad, en el establecimiento o apoyo de economías
alternativas a los circuitos comerciales de las grandes empresas, en la
promoción de asociaciones ciudadanas para el ocio, la cultura, el
deporte, el acondicionamiento del barrio y, en definitiva, para la
consecución de todas las metas que las necesidades o la creatividad de
los ciudadanos puedan proponer. La tarea más difícil probablemente
seguirá siendo crear una globalización alternativa, lo que se está
empezando a llamar globalización cooperativa. Tal concepto significa no
un regreso ni una huida a lo local, sino un esfuerzo por reconstruir una
economía y una política de abajo arriba, con el objetivo de unas
sociedades más saludables y equitativas.
La identidad de todos los seres humanos en estar dotados de Logos o
Razón y la diversidad en los demás aspectos originan la pertenencia de
cada ser humano a dos comunidades, la comunidad local y la comunidad de
todos los hombres, la pertenencia a una comunidad política, dotada de
unas leyes y unas costumbres, y la pertenencia a una comunidad
universal. La doble pertenencia por la que somos ciudadanos de una
determinada patria y a la vez ciudadanos del mundo.
El primer valor en el que tiene que centrarse la educación para una
ciudadanía crítica y participativa es la dignidad humana, que hoy se
emplea en sentido universalista e igualitario. Cuando se habla de la
dignidad de los seres humanos, el supuesto subyacente es que todas las
personas, sean cualesquiera sus condiciones individuales, culturales,
étnicas o económicas comparten tal dignidad. ¿En qué consiste esa
cualidad o valor que llamamos «dignidad» de la persona? En la condición
de agente racional capaz de dirigir su vida. En otros términos, la
persona humana tiene la capacidad de encontrar la verdad por sí misma y
la capacidad de dirigir su vida según principios morales. De ahí que las
personas humanas, cada persona humana, tengan dignidad y no precio (de
acuerdo a la conocida expresión Kantiana). La dignidad como valor
consiste en esas capacidades que comparten todos los seres humanos, al
menos potencialmente.
El descubrimiento de la humanidad en cada persona significa reconocer su
dignidad como un valor que le pertenece y que impone la obligación moral
a los demás y a las instituciones sociales de respetar la integridad de
su vida, al igual que su autonomía moral y política. La dignidad de cada
una de las personas, el acercamiento individual que hace a la verdad y
la dirección que imprime a su vida y a la construcción de su
personalidad, hace de cada sujeto humano un ser único e irrepetible. El
respeto a la realidad de cada persona, como alguien insustituible,
necesariamente tiene que conducir al cuidado propio y de las demás
personas como objeto de nuestros desvelos.
La educación política tiene que alcanzar su verdadero rostro haciendo
que todo ciudadano, por modesto que sea el papel social que desempeña,
se sienta responsable del destino futuro de la humanidad y de toda vida
en este planeta que llamamos Tierra. Actualmente es necesario superar la
visión de la soberanía nacional de los Estados en aquellas cuestiones
que afectan a la supervivencia del género humano. Desde el valor de la
solidaridad entre los pueblos y las generaciones se está articulando una
teoría de la ciudadanía del mundo, que pone de manifiesto que los bienes
del universo son propiedad de las personas que lo habitan y, por lo
tanto, tienen que ser universalmente distribuidos, sin la exclusión de
nadie.
El respeto auténtico a la vida, especialmente a la vida humana, se tiene
cuando en cada persona se percibe la presencia de la humanidad entera.
En un planeta de más de seis mil millones de habitantes, con ciudades
enormes, tenemos el peligro de reducir las personas a un número molesto.
Frente a ello, la dignidad humana en cada persona muestra su carácter de
única, no permutable por ninguna otra, que nos demanda el cuidado
responsable por ella. Mi responsabilidad por el otro es la
responsabilidad de una persona única por otra persona única. Me vea o
no, sea pariente o no, sea de mi país o no, tiene que ver conmigo, tengo
que responder de ella. Esa es la actitud moral de respeto a la persona
que ha sido denominada «compasión». Es la actitud del cuidado ante el
sufrimiento de cada individuo, con un dolor intransferible, ajeno a toda
abstracción.
El PNUD afirma que el consumo desenfrenado aumenta las diferencias entre
ricos y pobres. Esta «grosera desigualdad de oportunidades de consumo ha
excluido a más de mil millones de personas, que ni siquiera pueden
satisfacer sus necesidades básicas». Alguna inversión de hábitos
tendremos que hacer quienes nos llevarnos la parte del león, si de
verdad queremos ser solidarios con quienes se reparten la parte del
ratón.
El ejercicio de una ciudadanía responsable abierta al bien de la
humanidad exige ponerse en el lugar del otro (Escámez y Gil, 2003). Esta
habilidad consiste en la capacidad de penetrar en el mundo subjetivo de
los demás y poder participar de sus experiencias. Se trata de ver el
mundo como el otro lo ve. Para ello hay que captar no sólo el nivel
verbal de contenido intelectual, sino lo que hay detrás de las palabras
y los gestos: la situación personal afectiva y emotiva del otro. Tenemos
que ver a los demás como portadores de sentimientos, además de
portadores de ideas.
Se trata de la comprensión y aceptación del otro, quien no es evaluado
desde fuera, sino desde dentro de él; como él se ve y se siente. Cuando
lo aceptamos positivamente tal como es, entonces estamos reconociéndole
como persona, y no como un objeto o cosa. Es captar y aceptar la
subjetividad del otro sin reducirla a nuestra experiencia, es eliminar
los juicios previos que podamos tener hacia los demás. Nuestra mirada al
otro, sincera y limpia de prejuicios, hará que él no nos vea como una
amenaza. Así, permitimos al otro reconocer que el centro de
responsabilidad de su vida recae sobre él y le pertenece. Se trata de
acercarse al otro sin intención posesiva, respetando todas sus
potencialidades como individuo autónomo.
La ausencia del reconocimiento del otro, tal como él se siente,
imposibilita la genuina comunicación humana, la comprensión mutua y la
cooperación en proyectos y acciones conjuntas que solucionen la
convivencia. Aquel con quien nos comunicamos y vivimos no es un algo que
podamos diseccionar, estudiar, guiar y, a veces, manipular; es un
alguien con sus pensamientos, sentimientos y proyectos de vida únicos, a
quien tenemos que comprender y con quien tenemos que colaborar en la
búsqueda del significado de todo aquello que nos rodea, en la toma de
decisiones y en las acciones para encontrar la solución a los retos de
nuestro medio.
En definitiva, construir una ciudadanía crítica y responsable, abierta
al bien de la humanidad, implica un serio compromiso de todos y de cada
uno en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestro trabajo,
en nuestra comunidad y en nuestro país para:
--- Respetar la vida y la dignidad de cada persona sin discriminaciones
ni prejuicios.
- Rechazar la violencia. Practicar la no-violencia activa en todas sus
formas.
--- Practicar la generosidad. Compartir nuestro tiempo y nuestros
recursos materiales con espíritu de generosidad, para acabar con la
exclusión, la injusticia y la opresión política y económica.
--- Escuchar para comprender. Defender la libertad de expresión y la
diversidad cultural, dando siempre preferencia al diálogo y la escucha,
en lugar del fanatismo, la difamación y el rechazo de los otros.
--- Preservar el Planeta. Fomentar un comportamiento responsable de los
consumidores y el desarrollo de unas prácticas que respeten todas las
formas de vida y preserven el equilibrio de la naturaleza en todo el
planeta.
---Reinventar la solidaridad. Contribuir al desarrollo de nuestra
comunidad con la plena participación de hombres y mujeres y el respeto
de los principios democráticos, para crear entre todos nuevas formas de
solidaridad.
En la actualidad observamos una situación social preocupante debido al
fortalecimiento de un individualismo radical, la valoración creciente de
las cosas y de las personas de acuerdo a su rentabilidad y la pérdida
del sentido de pertenencia a una vida en común de bienes, relaciones
afectivas y proyectos compartidos. Por ello, y en consonancia con lo
escrito en las páginas anteriores, hemos de tomar conciencia de que
somos conciudadanos fortaleciendo un doble vínculo: el de la comunidad
hacia sus miembros, protegiendo realmente sus derechos individuales, y
el de los ciudadanos hacia su comunidad, ejercitando sus competencias
para el bien común. Y puesto que somos conciudadanos:
- Tomemos conciencia de que vivimos en un mismo mundo y debemos trabajar
por la justicia, la libertad, la paz y la felicidad de todos.
- Aceptémonos como diferentes, pero iguales en dignidad y derechos.
- Construyamos un mundo sin barreras ni fronteras.
- Pongamos los cimientos de una humanidad de la que se erradiquen para
siempre la explotación, la opresión y la discriminación.
- Convirtamos nuestras manos cerradas en manos tendidas para ayudarnos y
para trabajar juntos.
- Aprendamos a respetar y a proteger el medio ambiente.
- Alentemos la esperanza de llegar a ser un día más libres e iguales.
- Aliviemos el sufrimiento humano y pongamos cuanto esté de nuestra
parte para que las lágrimas se tornen sonrisas, la tristeza se torne
alegría y las amarguras se tornen ilusiones.
- Aparquemos de una vez la injusticia, el egoísmo, la ambición y la
codicia, viviendo intensamente los valores de la solidaridad, la
tolerancia y el diálogo.
- Integremos adecuadamente los derechos de los individuos que han de ser
protegidos y los deberes que todos tenemos para con la comunidad.
3. VALORES Y ACTITUDES PARA LA EDUCACIÓN DE LA CIUDADANÍA
La reflexión ética de nuestro tiempo ha
puesto de manifiesto que determinados
valores y actitudes son los anclajes de
una ciudadanía vigorosa y competente. He aquí algunos de los valores y
actitudes que a mi juicio tienen especial relevancia en la educación
para la ciudadanía:
Los valores y las actitudes que acabamos de explicitar constituyen los
mínimos para garantizar una convivencia democrática de verdadero rostro
humano en la vida social y política. De tales valores podemos dar una
fundamentación racional, desde la dignidad de la persona, y podemos
exigir su respeto y promoción sean cualesquiera los otros valores que
nos diferencien a unos ciudadanos de otros, de tal manera que pueden ser
considerados como verdaderos valores sociomorales.
A nuestro juicio ninguno de los contenidos expuestos entra en conflicto
con la moral cristiana. Se trata de planteamientos respetuosos que
permiten una adaptación a las creencias de las familias y a los diversos
idearios de los centros educativos. Desde esta perspectiva entendemos la
educación para la ciudadanía como un apoyo a la insustituible labor de
los padres en la educación de ciudadanos responsables, que sepan vivir
en comunidad y sean capaces de situarse críticamente ante los modelos de
vida consumistas, individualistas y excluyentes en los que hoy nos
movemos.
En un contexto social, como el nuestro, en el que se generan mentes y
voluntades sumisas y pasivas, en el que los individuos corren el peligro
de convertirse en clientes y consumidores, resulta evidente la urgencia
de emprender una educación en valores y actitudes que genere, como pilar
básico de la convivencia, un tipo de ciudadano:
Con vocación a ser, más que a poseer; que actúe y sea reconocido como
sujeto.
Situado en un proceso de construcción personal y de concienciación
progresivo y permanente.
Crítico y reflexivo, que analice en profundidad la realidad en la que
vive.
Situado en un proceso de liberación personal y estructural; que conozca,
acepte y supere sus propios condicionamientos, y que se comprometa en el
cambio y construcción de una sociedad más justa y más solidaria.
Para el cual la liberación de los demás sea el punto de referencia de la
suya propia.
Que sea sujeto y protagonista de la Historia en lugar de ser arrastrado
por ella.
Solidario, enraizado en su comunidad inmediata que da sentido a su
personalidad y a su esfuerzo, y comprometido en la construcción de
relaciones de igualdad y reciprocidad con los demás; y, dada nuestra
interdependencia, abierto al bien de la humanidad.
Comprometido en un estilo de vida por el que ha optado libre y
conscientemente a partir de las actitudes y valores que la historia
humana va descubriendo como creadores de persona y de comunidad.
Consciente de su poder de transformar la naturaleza, pero con una
actitud vital de respeto que impida su destrucción.
4. LA TOLERANCIA COMO RESPETO ACTIVO A LA DIFERENCIA
La educación para la ciudadanía deberá
promover la actitud de la tolerancia en
los educandos, colaborando a que
descubran, al enfrentarse al hecho de la diferencia, la radical igualdad
y dignidad entre los seres humanos. Y en consonancia con ello rechacen
toda forma de discriminación por razones de sexo, etnia, estatus social,
etc., integrando y valorando a aquellas personas cuyas características
peculiares les hacen diferentes. Se hace del todo preciso que tomen
conciencia de cómo marginan a los grupos de personas frente a los que
sienten prejuicios y de los que se han formado estereotipos, con la
finalidad de rectificar y de combatir toda actitud injustamente
discriminatoria.
La diferencia es un hecho que está ahí. Fácilmente podemos encontrar
individuos y grupos discriminados, marginados o etiquetados en función
de un factor diferencial. Todos encontramos en las personas rasgos que
las diferencian y en ellos nos fijamos, sin darnos cuenta que por encima
de cualquiera de estos rasgos diferenciales sobresale el que define a la
persona, su dignidad como ser humano. Dignidad que, desde la perspectiva
ética de la Declaración de los Derechos Humanos, compartimos por igual
todos los seres humanos. Pero, ¿en qué rasgos nos fijamos para
considerar a un individuo o grupo distinto?
DIFERENCIAS POR RAZÓN DEL SEXO.
Circunstancias históricas y culturales han propiciado que mujeres y
hombres hayan asumido unos papeles sociales muy arraigados en nuestra
sociedad. Pero el que una sociedad haya asignado un papel determinado a
un sexo no implica que no se pueda cambiar. La forma tradicional de
sexismo en nuestra sociedad es el pensamiento machista que reserva al
hombre ciertos trabajos y le otorga más poder y una sensación de
superioridad. En el lenguaje familiar, en los medios de comunicación, en
revistas, libros de texto, películas, en los juguetes, etc., se
transmiten estereotipos de comportamiento diferenciales, como el varón
protector, la mujer guapa y temerosa. Es necesario sacar a la luz todos
esos estereotipos, analizarlos y sensibilizamos para poder defendernos
de la cantidad de mensajes que nos llegan y que no nos permiten
desarrollarnos de manera integral como personas.
DIFERENCIAS FÍSICAS.
Las diferencias físicas se establecen principalmente en función de
criterios estéticos. En nuestra sociedad se concede una importancia
desmedida a la imagen externa. Los medios de comunicación potencian un
cierto ideal físico de hombre y de mujer para triunfar en la vida, según
los cánones de belleza del momento, inspirados en el mundo ficticio de
las estrellas, que oculta todo lo negativo y está lejano de las
dificultades reales de la vida cotidiana. En este marco no es difícil
encontrar excesiva ansiedad por el propio atractivo físico en los
adolescentes y ciertas actitudes de rechazo a las personas que no reúnen
las exigencias de la imagen tipo.
DIFERENCIAS PSÍQUICAS.
Las diferencias psíquicas más frecuentes en la convivencia diaria entre
compañeros y compañeras son las que se producen en función del
desarrollo intelectual y de la salud mental. Quizá sean las personas que
tienen estas diferencias las más etiquetadas por la sociedad, ya que
palabras como «tonto», «imbécil», «idiota», «subnormal», etc., se oyen
frecuentemente. Las personas con discapacidades psíquicas o físicas
requieren de la sociedad algo más que tolerancia, requieren una actitud
solidaria por parte de todos para que puedan llevar una vida digna y se
les garanticen sus derechos como personas.
DIFERENCIAS POR RAZÓN DE EDAD.
Está de moda lo juvenil auspiciado por los medios de comunicación que
genera un culto artificial a lo joven como dinamismo, belleza, energía,
éxito, vitalidad y suerte. Se trata de un fenómeno social que utiliza el
hecho joven para incitar al consumo y al ocio alienante. Dos
consecuencias importantes: Primera, ser viejo no está de moda. El culto
a la juventud propicia un rechazo a la vejez, que es ignorada y
presentada como un residuo social, improductiva, limitada y triste, algo
no deseable. Segunda, la misma juventud adulada es, por otra parte,
marginada y su protagonismo se asocia frecuentemente al consumo de
drogas, de alcohol, conducción temeraria, etc.; estereotipos que
favorecen, sin duda, un considerable rechazo social.
DIFERENCIAS POR ETNIA Y CULTURA.
Etnia y cultura nos permiten hablar de las diferentes culturas,
sociedades, religiones, etc., y en especial de las personas gitanas por
ser uno de los colectivos con los que nuestra sociedad se muestra más
intolerante. Es muy posible que la mayoría de nosotros no considere
inferiores a las personas de otras etnias y culturas, pero si
profundizamos un poco podemos ver que existen cantidad de prejuicios.
Frecuentemente nos fijamos en casos aislados para reafirmar nuestros
prejuicios.
DIFERENCIAS POR LUGAR DE PROCEDENCIA.
En este apartado cabe destacar los complejos problemas del fenómeno de
la inmigración. Son muchos los prejuicios que se tienen sobre los
inmigrantes considerándolos como una amenaza, que quieren quitarnos los
pocos puestos de trabajo que hay . Se tiende a mirar sólo los rasgos que
nos diferencian, sin darnos cuenta muchas veces que lo más importante
son los rasgos comunes que poseemos como seres humanos,
independientemente del lugar de procedencia. Los medios de comunicación,
por su parte, más que favorecer la integración contribuyen a reforzar
los prejuicios. La inmigración y los inmigrantes se ven asociados casi
exclusivamente con sucesos negativos o aparecen vinculados a problemas.
La redacción de las noticias propicia la identificación de colectivos
enteros con conductas individuales
.
DIFERENCIAS EN FUNCIÓN DE LA TENDENCIA U OPCIÓN SEXUAL.
La discriminación que se sufre por tener una tendencia sexual diferente
sigue estando muy extendida en la actualidad. Muchas son las etiquetas,
la mayoría despectivas, con las que se señala a estas personas. Existen
numerosos chistes que ridiculizan a las personas homosexuales. Ser
tolerante implica entender la tendencia sexual desde la privacidad del
individuo y desde el respeto a su libertad sin rechazo ni
discriminación. De esta manera, muchas personas dejarán de sentirse
raras y vivirán sin miedo al rechazo de la sociedad.
DIFERENCIAS POR EL ESTADO DE SALUD.
Ante personas con enfermedades contagiosas como el SIDA se constatan,
especialmente, actitudes de miedo y de rechazo. Los prejuicios que se
tienen están marcados casi siempre por falta de información, así se
suele creer que el SIDA es una enfermedad de drogadictos y homosexuales,
que el peligro de contagio es altísimo, etc., generando un rechazo
social irracional.
DIFERENCIAS POR CREENCIAS Y OPINIONES.
Encontramos actitudes provenientes de mentalidades cerradas que
manifiestan un alto grado de rechazo hacia las ideas en que el sujeto no
cree, incapacidad para distinguir entre quien dice las cosas y qué es lo
que dice, esto es, tendencia a rechazar a otras personas a causa de sus
convicciones. Mentalidades de este tipo se cultivan en grupos
integristas y fundamentalistas muy especialmente.
5. A MODO DE CONCLUSIÓN
Sería muy interesante que todos y cada
uno de los participantes en
los programas de educación para la
ciudadanía llegasen a identificar sus actitudes más frecuentes para con
los distintos grupos que acabamos de describir, preguntándose por los
criterios que utilizan para establecer diferencias sociales
discriminatorias. Desde el ejercicio de la empatía moral, poniéndose en
el lugar de las personas y colectivos injustamente tratados, deberían
revisar las consecuencias de sus actitudes y conductas.
La raza, el sexo, la edad y la apariencia no son criterios válidos para
hacerse un juicio de las personas. El reconocimiento de la dignidad en
cada persona implica respetar su conciencia, su intimidad y sus
características diferenciales, así como el rechazo a toda forma de
violencia y a toda clase de instrumentación de la misma. Como hemos
escrito en páginas anteriores, el respeto a la realidad de cada persona,
como alguien insustituible, necesariamente tiene que conducir al cuidado
propio y de las demás personas como objeto de nuestros desvelos. En
ningún caso estamos legitimados para causar daño físico ni moral a los
otros. Desde esta perspectiva toda forma de discriminación resulta
injusta, por lo que todos deberíamos asumir el firme compromiso de no
atribuir jamas comportamientos negativos, de forma generalizada, al
conjunto de los miembros de otras culturas, a los inmigrantes o a los
grupos diferentes al propio.
La educación para la ciudadanía deberá implicar a los educandos en la
elaboración de propuestas viables de acción que hagan efectiva la
igualdad básica de todas las personas, sean cuales fueren su situación
económica, raza, edad, sexo, apariencia física y formación cultural;
haciendo efectivo el reconocimiento de la dignidad en cada uno de los
seres humanos, respetando sus derechos, renunciando a la violencia y
rechazando toda forma de discriminación.
En una sociedad plural como la nuestra, el respeto a la singularidad
cultural de los individuos y grupos, a los distintos modos de pensar y
de orientar la propia vida, la defensa y promoción de los valores
comunes son objetivos irrenunciables en una educación democrática. Y en
estos momentos en los que es fácil percibir manifestaciones de
discriminación, de xenofobia y de racismo, una propuesta educativa que
promueva, prioritariamente, la tolerancia como base de una convivencia
civilizada, se hace del todo imprescindible y urgente.
La educación para la ciudadanía deberá abordar los temas de la lucha por
la libertad, la lucha por la justicia y la resolución pacífica e
inteligente de los conflictos. Pero uno de sus objetivos irrenunciables
es el de aprender a convivir. Y lograr una buena convivencia con los
conciudadanos se traduce en promover la felicidad de los participantes.
Nadie se une para ser desdichado, nos decían los pensadores ilustrados
(Marina, 2006).
En diversas ocasiones he afirmado ante mis alumnos que no podemos ser
felices solos. Hemos de ser conscientes de que todos tenemos un papel
que realizar en la transformación de nuestro mundo, que todos
participamos de las injusticias con nuestros comportamientos
individuales y sociales y que todos podemos, de igual manera, participar
en las soluciones. Para ello será preciso recuperar esa mínima
sensibilidad que nos libere de nuestra apatía y pasividad, que nos hace
sentirnos indiferentes ante las desgracias y sufrimientos ajenos. Mirar
hacia otra parte o cerrar los ojos a los estragos contra la vida digna
de las personas, causados por la intolerancia, por la injusticia, por el
hambre y la miseria, no contribuye en modo alguno a resolver los
inquietantes problemas que nos afectan.
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