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Jon Sobrino utiliza con frecuencia esta expresión y en contextos
dramáticos: “La santidad primordial está en las
mujeres de Ruanda, con la casa a cuestas metida en un canasto sobre la
cabeza. (...) Es una santidad que va más allá de virtudes y defectos, es
una explosión de vida. (...)” (Conferencia en Madrid, 6-6-06)
Los días en torno a la Navidad son cita obligada para encuentros
familiares. Desde hace 30 años nunca hemos faltado a nuestra cita en
Casas Ibáñez (Albacete). El encuentro es muy peculiar porque no se
reduce a una cena más o menos ritualista. No. Allí comemos el día 24 por
la mañana y cenamos esa noche. Y el día 25, también por la mañana y por
la noche.
Los recuerdos, las discusiones, las experiencias y los comentarios sobre
los acontecimientos del año que va a terminar son incontables. Más de un
año hemos comentado que valía la pena escribir los relatos, anécdotas y
episodios que se mantienen muy vivos en la memoria de personas que
destacan por sus cualidades narrativas, pero que inevitablemente se
están perdiendo con el cambio tan drástico a nuevos modelos culturales.
Pues esta vez, soy yo el que se decide a conservar al menos unos cuantos
relatos que poseen una densidad humana estremecedora. Por eso lo he
asociado con lo de la santidad primordial.
Nos situamos en una aldea cercana
a Casas Ibáñez (Albacete). Junto a la chimenea, está “el Tuerto”, doña
Lola (una maestra extraordinaria que ya murió) y Manuela. El Tuerto es
pastor. A sus años, viene reventado del trabajo y, tras la cena, se
queda muy pronto dormido al calor de la lumbre. Emite ronquidos
periódicos y alguna vez se le escapa otro sonido estruendoso y rotundo
que es motivo de silencioso regocijo por parte de Lola y de nerviosismo
para la anfitriona.
En uno de estos contextos, Manuela piensa en voz alta:
-La desgracia mía, la suerte del Tuerto, mientras mira al hombre
dormido. Y, a renglón seguido, hace esta pregunta:
-Doña Lola, la gente dice que soy mala. ¿Qué le “páece” a Vd.? Y empieza
a desgranar la historia de su vida:
Allá por los años 30 del siglo pasado, Manuela se “arrejuntó” con un
hombre. Tuvieron un hijo y la madre del “marido” se vino a vivir a la
casa. A los pocos años, murió el compañero y Manuela se quedó con el
hijo y con la suegra.
Un cierto tiempo después, apareció otro pretendiente, que también venía
acompañado de su madre. Esta vez Manuela se casó por la Iglesia “como
está mandado”. Tuvieron un hijo. A causa de la guerra civil española, el
marido escapó por pies a Francia y perdieron todo el contacto. Manuela
se quedó con sus dos hijos y con dos suegras. Con miles fatigas fue
sacando adelante a aquella familia tan variopinta.
Y “en éstas”, apareció el Tuerto. Manuela lo llamaba siempre con este
mote. Era un pastor que tuvo la valentía de pretender a Manuela,
sabiendo que cargaba con toda su parentela. No pudieron casarse, claro
está, porque no se tenían noticias del marido de Manuela. Pero vivieron
muchos años en relativo bienestar. No tuvieron hijos, pero sacaron
adelante a los dos hijos de Manuela y acompañaron a las dos suegras
hasta que murieron.
Al cabo de bastantes años... ¡volvió el marido! Pero ahí Manuela lo
tenía ya muy claro: -El Tuerto se ha portado muy bien conmigo. Yo no lo
dejo. Y con el Tuerto seguía, ya los dos solos y de muy avanzada edad.
Manuela volvía a su reflexión inicial:
-La desgracia mía, la suerte del Tuerto.
Y le hacía de nuevo la misma pregunta que le escocía por dentro, porque
vivía en un pueblo pequeño de aquella España intransigente, hipócrita y
santurrona:
-Doña Lola, la gente dice que soy una mala mujer. Y a Vd., ¿qué le “páece”?...
¡Pregunta sobrecogedora y desestabilizadora!.
Esta otra historia sucedió
en una ciudad andaluza. Llamaré “Paquita” a aquella mujer joven que
tenía tres hijos de tres padres diferentes. Para sacarlos adelante,
ejercía la prostitución. Vivía en un caserón medio en ruinas que debió
ser un solemne palacio señorial. Tenía un patio central con arcadas y en
el piso superior se encontraban distintas habitaciones que habían sido
“okupadas” por mendigos y personas mayores sin familia. Todo el entorno
era de una pobreza sórdida y extrema.
En aquella época no existía la “pensión no contributiva”. Quienes
vivimos las dos etapas pudimos comprobar que se dio de hecho un paso
importante desde la miseria absoluta y desesperanzada hacia una pobreza
menos severa, por muy degradante que nos siga pareciendo esa pobreza. La
gente que había “okupado” el caserón de marras acudía a los conventos y
a las parroquias y con esas ayudas iban tirando.
Con el dinero que “caía” durante la noche, Paquita compraba lo que
podía. Y con imaginación y destreza se las apañaba para cocer una gran
olla de modo que todo el mundo pudiera comer, por lo menos, un plato
caliente al día. Cuando ya estaba preparado, Paquita salía al patio,
golpeaba de forma estruendosa el cazo contra la tapadera de la olla y
hasta daba cuatro gritos y palmadas para animar al personal.
Todas las personas del patio sabían que la comida estaba lista. Salían
de sus cuchitriles con sus cazuelillas y recogían “el menú” que Paquita
había preparado y que les repartía entre bromas, risas y comentarios
sobre la salud de cada cual.
Los “okupas” de aquel caserón veían a Paquita como una diosa... ¡más que
la Virgen María! Quien nos contó esta historia continuada y vivida por
ella muy de cerca comentaba al final: -Esta forma de actuar cambió todos
mis esquemas y todas mis categorías religiosas.
Confieso que me emocioné al oír este relato y que vuelvo a emocionarme
cuando escribo este desconcertante “Sacramento de Vida”. Recupero
intensamente aquella afirmación de Jesús, tan insultante y tan
escandalosa: los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera
para entrar en el reino de Dios (Mt 21,31). Y en el versículo siguiente
vuelve a remachar Jesús: Juan os enseñó el camino para ser justos y no
le creísteis; en cambio, los recaudadores y las prostitutas le creyeron.
Llamé por teléfono a Pilar
Nohales, una mujer a la que hay que echarle de comer aparte, dicho sea
con todo respeto y con inmenso cariño. Cuando vamos a Casas Ibáñez, nos
alojamos en su casa a la que ella llama “Hostal La Pilarica”. Pilar es
una mezcla explosiva de robusto espíritu crítico, de expeditiva libertad
cristiana, de ágil valentía para tomar decisiones y de un inagotable
sentido del humor. Si encima añadimos esa sorprendente capacidad para
reírse de sí misma, podéis comprender que, en la familia, grandes y
pequeños la queremos a rabiar. Pero el tema mío va por su asombrosa
memoria sobre la vida de tantas personas y por sus dotes narrativas. Ya
la hemos emplazado para que escriba no ya sus propias memorias sino toda
esa historia colectiva que está formada por rostros, anécdotas y
vivencias imborrables.
Todavía le dio tiempo a contarme por teléfono la historia de Irene, una
mujer de 80 años que vivía en El Rabal, una aldea muy pequeña de
Cantoblanco (Albacete). Tras la muerte de su marido, Irene sacó adelante
a sus hijos lavando ropa a las familias más acomodadas del pueblo (“Los
señoritos”, les decían, porque todo es relativo). Irene cargaba con la
ropa y bajaba hasta el río Cabriel, que está a un buen tramo. Además del
trabajo de lavar en la hondonada del río, Irene tenía que remontar con
el peso de la ropa lavada y volver al pueblo.
Irene tenía una preocupación permanente: el hijo discapacitado que
seguía viviendo con ella. (¿Qué va a ser de él cuando yo falte?). Pero,
además, a sus 80 años no tenía ninguna clase de ingresos, precisamente
cuando ya no podía trabajar. Coincidió con la entrada en vigor de las
pensiones no contributivas. Esa era la solución, con la perspectiva de
entonces. Pero, a la hora de buscar la documentación necesaria, ¡no
había manera de encontrar la partida de nacimiento de Irene! Es posible
que para su matrimonio sólo hiciera falta la documentación religiosa...
o que no estuviera legalmente casada... Hasta ahí no llega Pilar.
Ya conocemos las burocracias administrativas: aquel era un requisito
imprescindible. Pilar consigue que la dejen buscar por su cuenta. Y
encuentra una niña con los mismos apellidos y fechas muy parecidas,
pero... ¡se llamaba Elisa! Vuelve a hablar con Irene y ella le cuenta
que sus padres hablaban de una hermana suya que había muerto muy pronto
y que se llamaba Elisa. Bueno, ¡pues tú te llamas Elisa!
Cuando Pilar comunicó a Irene que iba a empezar a cobrar la pensión no
contributiva, Irene alcanzó un bote de alhábega (¡la albahaca!) que
tenía sobre la chimenea y, al dárselo a Pilar, dice en voz alta: Te doy
gracias, Dios mío, porque yo sabía que me escuchabas, pero hoy lo he
comprobado. Un último dato: El hijo deficiente de Irene fue acogido en
la residencia para Mayores de Casas Ibáñez y allí ha muerto.
Y termino con este texto tan bello de Jon Sobrino: “A este anhelo de
sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo
con creatividad, resistencia y fortaleza sin límites, desafiando
inmensos obstáculos, lo hemos llamado la santidad primordial. Comparada
con la oficial, de esa santidad no se dice todavía lo que en ella hay de
libertad o necesidad, de virtud u obligación, de gracia o mérito. No
tiene por qué ir acompañada de virtudes heroicas, pero expresa una vida
toda ella heroica. Esa santidad
primordial invita a dar y recibir unos a otros y unos de otros, y al
gozo de ser humanos unos con otros” (Eclesalia)
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