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I
Antes de iniciar este escrito (una página en blanco puede
ser temible) me he detenido a pensar. Pensaba y mi mirada resbalaba por
los objetos de la habitación. Desde que tiré tabiques es una sala
espaciosa. Enfrente de mi mesa hay otra mesa dispuesta para comer cuando
termine de escribir. Sobre la mesa, pues, ya hay un juego de cubiertos,
una copa, un plato de postre con una naranja, una servilleta y, arrimada
a la mesa, una silla. Me doy cuenta, ahora que escribo, de los mensajes
que nos envían los objetos. «Estás solo», me recuerda la única
servilleta. Estoy solo, sí. No siempre, sin embargo, lo estuve. En otro
tiempo, sobre esta misma mesa habría dos copas, dos platos de postre con
sus correspondientes naranjas, dos servilletas, dos juegos de cubiertos
y, arrimadas a la mesa, dos sillas. Ahora mi casa está tan silenciosa
que mis oídos están a punto de estallar a causa del estruendo que ese
silencio es capaz de producir. En otro tiempo, cuando había dos copas
sobre la mesa, quizá escucharía un leve rumor proveniente de la cocina.
O sea que, quizá yo abriría un párrafo al tiempo que mi amigo abría los
grifos del fregadero. Tenemos (tengo) una grifería bastante escandalosa
y si, mientras emborrono el folio mi amigo acciona los grifos escucharé
cómo discurre el agua por las cañerías. Parecerá algo baladí, pero no lo
es. Es la felicidad.
II
Que...¿Cómo conocía a mi amigo?
Primero ocurrió una catástrofe.
Ocurrió que el Arzobispo de Valencia Don José María García Lahiguera me
suspendió «a divinis» (14 de diciembre de 1977) y que los Carmelitas
Descalzos me expulsaron de la Orden (4 de enero de 1978). Todo a cuenta
de un libro. Un libro cuyo borrador estaba listo a la muerte de Franco
(noviembre de 1975), que presenté al Planeta el XXV Aniversario de
instituirse el Premio (1976) y que, seleccionado entre los finalistas
fue, finalmente, publicado al año siguiente (septiembre de 1977). Que un
fraile escriba una novela (en realidad son las memorias de un sacerdote,
como señala el subtítulo) lo presente a un concurso de tanto prestigio y
quede finalista, es una extraña carambola. Pero la fe mueve montañas. En
el convento había habido muchas bromas a cuenta de mi libro, un libro
que yo me había ofrecido a presentar en un día de retiro. Presentar,
puntualizaré, pero no soltar. Creía que si eran capaces de entender
serían capaces de perdonar. En el convento, en la Orden, sólo cuando
leyeron mi nombre en los periódicos comenzaron a atisbar el alcance del
hecho: un libro, cuya existencia conocían desde el día mismo que estampé
punto final al manuscrito, había salvado los muros conventuales por la
puerta de atrás mientras la Censura Eclesiástica vigilaba las salidas
«normales».
La obra se publicó con una tirada discreta. (Planeta es Planeta, sin
embargo. Y una tirada discreta son varios miles). Según oí más tarde, el
Señor Lara no las tenía todas conmigo y mantenía algunas restricciones.
Agotada la edición no se reeditaba.
Hasta que Don Emilio Romero, que gozaba de gran predicamento sobre el
dueño de la Editorial, escribió con encomio sobre el libro. Se quitaron,
entonces, las trabas y el libro alcanzó, en pocos meses ocho ediciones.
Mi obra (las tres. Voy a referirme, aunque sólo sea por mencionar el
hecho, a otras dos posteriores) fue publicada en la Colección Fábula de
Planeta. «Con la Colección Fábula –señalaban los editores- la Editorial
Planeta se ha propuesto ofrecer al público los títulos más
representativos dentro del campo narrativo, de aquellos escritores que,
frente al inmovilismo mental al uso, ofrecen un ejemplo constante de
imaginación creadora y anticonvencional». ¿Quizá lo publicaron en la
Colección Fábula porque mis ideas sonaban a ciencia ficción? «Un día –se
dice en algún sitio de las memorias- cuando tú y yo hayamos muerto, de
aquí a cien años quizá, la sociedad organizará su «Año Internacional del
Homosexual». Vendrá refrendado por los grandes organismo
internacionales. Entonces será bien visto y estará de moda hablar del
homosexual». Ni los profetas de la Biblia vieron sus profecías tan
rigurosa y puntualmente cumplidas. Ser homosexual, en el momento en que
mi libro salió a la luz estaba penalizado por la Ley de Peligrosidad y
Rehabilitación social (1970).
Cuando la Editorial me envió el paquete de libros que, por contrato,
pertenecen al autor –25 libros en la primera edición. Diez libros en
cada edición posterior- fui aprendiendo una lección desconcertante: con
cada libro que regalaba se me cerraba una puerta. Antes de que hubiera
regalado los 25 ejemplares me quedé sin puertas adonde llamar. Las de mi
Familia/Orden se me cerraron estrepitosamente. Las de mi familia (con
minúscula) también. A todos había salpicado con mi infamia.
Entonces fue cuando apareció Manolo.
III
El día que mi amigo me recibió en su casa él tenía 52 años y yo 39. Es
el 1 de noviembre de 1978. Manolo tiene la incapacidad laboral. Está
inválido, enfermo de los pulmones. No se le nota exteriormente, sin
embargo. Sólo si hace un esfuerzo asomará la enfermedad: su cara se
crispa, su respiración se desboca y emite un silbido bronco. Si corre
para coger el autobús, cuando alcanza la plataforma ves un pez que
agoniza sobre la arena. Si el ascensor se estropea, subir hasta el
séptimo piso donde vivimos es una tragedia. A cada rellano tiene que
detenerse y a mí, que me detengo también, me ordena descompuesto: «¡tú
sube!». No quiere que vea su debilidad. Cuando es su debilidad, en
parte, lo que amo. En casa, como la pensión es corta (¡Ay qué corta!)
somos asiduos al Monte de Piedad. Sobre un mostrador coloca mi amigo su
reloj de oro, la cadena, la sortija, la aguja de la corbata, los
gemelos. Todo se lo tasan y le dan, junto con el dinero de la tasación,
una papeleta. Cuando se acaba el dinero (los meses de entonces son como
un año, casi) mi amigo habla de vender la papeleta. Yo le digo que de
vender los resguardos, nada. La Telefónica nos corta el teléfono.
Entonces descubrimos que cerca de casa tenemos una mina de oro. Allá que
nos vamos, mi amigo Manolo y yo y recogemos las patatas y cebollas que
dejan detrás de sí los agricultores. Valencia, en los 70, es más
agrícola que hoy, como un pueblo muy grande, y la huerta está a un tiro
de piedra de casa. Regresamos a casa cargados de patatas y cebollas. Las
cebollas las metemos en botes de cristal, en vinagre, y servirán de
aperitivo. Los armarios de casa, el aparador y la vitrina se van
poblando, poco a poco, de botes de cebollas. En cuanto a las patatas,
las comemos a todas horas: en tortilla, fritas, en hervido, asadas, con
piel, sin piel, en puré. Como comemos tantas patatas hemos de salir a
estirar las piernas antes del sueño. Mi amigo tiene una extraña forma de
pasear. Cada dos por tres se queda atrás. «¡Continúa!», me ordena. Harto
de esas excentricidades me giro y veo a mi amigo justo en el momento en
que se agacha para coger un trozo de cobre. «¡Manolo, por favor, no!»,
le suplico. Cuando se recupera del esfuerzo que ha hecho al agacharse le
hago prometer que no recogerá desperdicios. Que ir al campo y recoger
patatas y cebollas, pase. Esa actividad, con un poco de fantasía puede
pasar por una forma excéntrica de hacer ejercicio. Pero recoger
desperdicios, no. Y al llegar a casa verifico lo que me temía: debajo de
la cama hay un verdadero arsenal de cobre, aluminio, hierro, latón. Todo
lo que en la trapería tiene un valor.
En 1981 muere mi madre. Yo no tengo herencia, sólo legítima. Con el
dinero de la legítima vamos al Monte de Piedad a desempeñar todas las
joyas. Mi amigo está feliz. Estas joyas que él ha empeñado para que yo
comiera son una parte de su vida. Le prometo: «Jamás volveremos a
empeñar». Y así ha sido. Además, yo ahora trabajo en una Academia.
En parte al menos, el asma de mi amigo era un síntoma. Él nunca llegó a
ver ni el más leve indicio de marginación. Podía decir. «Contigo no echo
en falta nada». (Bueno, sus palabras exactas eran: «no tiro en falta
nada». Si yo me retrasaba cinco minutos decía: «Te he tirado en falta»).
También decía: «Contigo nunca me aburro». Y lo que es más grave y casi
me sacaba de mis casillas:
-Desde que te conocí nunca he estado con otra persona.
A eso reaccionaba yo como un caballo cuando le clavan las espuelas.
-Manolo, ¿Por qué me dices eso? Yo no te lo pregunto.
Entonces mi amigo, dulcemente, murmuraba:
-Me hace feliz decírtelo.
Manolo, si hubiera visto nuestra marginación habría sido menos feliz,
pero habría sufrido menos de asma. En cambio yo, que nunca tendré asma,
soy un hombre que viene de la desesperación.
IV
Tendría que emprender una prolija reflexión para llegar a mostrar el
engranaje que Dios y mi sexualidad han llegado a tener en mi vida. Sólo
diré que armonizar ambas llamadas constituyó algo así como lograr la
cuadratura del círculo. El dilema no estaba en que tuviera que elegir
entre dos opuestos irreconciliables, sino en que ambos opuestos
aparecían enraizados en mí y como constitutivos de mi identidad. Que,
puesto en la alternativa de escapar, era más fácil huir de mi sexualidad
que de Dios. Huir de Dios es adentrarse más en paradojas. Dios es huida
imposible. Entonces emprendí la huida de mi naturaleza. «Dios mío
–rezaba- dame la alegría de la castidad». Pero no lograba sentir la
alegría de la castidad. En vez de eso, sentí la angustia de esa
castidad. No tanto por lo que había de renuncia en esa castidad, cuanto
por lo que había en ella de ignominia. En mi caso, después de que me
apalearan en el Hyde Park, asumir la castidad era sumir las doctrinas,
las actitudes y los silencios de que se nutre la homofobia, el horror
que desencadena la intolerancia hacia quienes no siguen el canon
aprobado de una sexualidad reproductiva. Me declaré homosexual para
sentir el abandono de Dios. Y quedé atrapado en el vértigo de una caída.
Toda mi vida se redujo a caer. (¡Cuanto más abajo, más cerca!). Ponerme
a los pies es lo que entendí que contaba, es lo que entendí que era la
fe. Y no ponerme a los pies con la pretensión de lavar los pies de
nadie. Ponerme a los pies para formar parte de la misma mugre. Y que me
señalaran. Fue como una borrachera. Todavía no me he recuperado.
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