En el nuevo testamento vemos disidencias entre Pedro y Pablo, entre las comunidades del ambiente judío y las del mundo helénico, entre los carismas y las teologías de Juan, de Santiago o de Pablo. Los antiguos Santos Padres ya decían “conviene que haya herejes”; y hubo sus discusiones teológicas entre diferentes concepciones. Toda la historia de la Iglesia es un vaivén de reformas y contrarreformas.
Lo lamentable es cuando la Iglesia, para evitar disidencias, establece una ortodoxia tan rígida e intransigente, que acaba siendo contraproducente: ni evita que surjan nuevas disidencias, ni su pretendida ortodoxia acerca más a la verdad del Evangelio.
Entendemos la disidencia no como un simple ir en contra de lo establecido, sino revisarlo críticamente, y, a la luz del Evangelio, buscar lo que sea más coherente. (...)